• 18 de junio de 2014
es

Testimonio de Mariana desde Brasil: «El amor es increíble»

Doña María do Terço, Floriano, Tito y Mariana, Brasil, junio 2014

Extracto de la carta de Mariana, en misión en el Punto Cora­zón de Sal­va­dor da Bahía, junio 2014:

Doña María do Terço (María del Rosa­rio) es una gran amiga que conoce nues­tra casa desde el inicio (1994), es uno de los tantos libros his­tó­ri­cos que tene­mos en el barrio, es decir esas per­so­nas que se acuer­dan de muchas his­to­rias, de casi todos los misio­ne­ros que pasa­ron.

Al prin­ci­pio cuando uno la conoce te da un poco de impre­sión, su casa está bas­tante sucia, todo está tirado en el piso, platos sin lavar, cua­der­nos dando vuel­tas, hasta sim­pá­ti­cos raton­ci­tos visi­tan­tes. Tiene muchos peda­zos de telas e hilos, porque se dedica a coser, prin­ci­pal­mente a hacer cro­chet en los bordes de repa­sa­do­res.

Doña María está sola, su marido la aban­donó por otra mujer hace muchos años y desde ese momento su vida se trans­formó en un gran dolor, como si el tiempo se hubiese parado. Muchas veces busca esca­parse con algu­nas latas de cer­veza, ence­rrán­dose en su casa, sin que nadie la moleste.

A pesar de su dolor tiene una ale­gría increí­ble, visi­tarla para mí es como un gran show, una actriz que siem­pre tiene un papel pre­pa­rado y una escena dife­rente. Cuando llego para mí se encien­den las luces y fácil­mente entro en su juego. Le gusta lla­marme de “pi­mien­tita” y yo de “mi reina”, arma­mos unas lindas peleas entre risas, pero lo que más me gusta es ver la soli­da­ri­dad de su cora­zón, la sim­pli­ci­dad, la gra­ti­tud. Ayuda algu­nos hom­bres del barrio que están un poco borra­chos, les da de comer, les lava sus ropas, los trata con dig­ni­dad. Siem­pre que le pre­sen­ta­mos alguna per­sona le regala alguno de los paños que hace, ¡Cuánto nos enseña ver que las per­so­nas que menos tienen dan para los otros todo lo que pueden!

Hace un tiempo tenía­mos pen­sado con Hor­ten­sia hacer un día de belleza para Dona María, para que así como cuida de los demás noso­tras poda­mos hacerlo por ella. Enton­ces nos pre­pa­ra­mos, com­pra­mos la tin­tura exacta para su cabe­llo, “por­que una mujer negra no puede tener los cabe­llos rubios, dice ella” arma­mos una vali­jita con pin­tu­ras de uñas, tije­ras, cremas y todo lo que una mujer nece­sita. Antes de salir me siento en el piso de nues­tra pieza para repa­sar exac­ta­mente cada paso del pro­ceso de tin­tura, enten­diendo sobre la serie­dad del tema Hor­ten­sia se sienta junto a mí. Luego de repa­sar juntas en voz alta y ana­li­zar bien la situa­ción (color natu­ral de la mujer, anti­güe­dad de la última tin­tura, etc.) miro para ella y le digo “che ¿al­guna vez hiciste esto?” y me res­ponde “no nunca” y entre risas deci­di­mos tomar rumbo y comen­zar.

Fue tan lindo, “vamos Dona María tene­mos que pri­mero lavar los cabe­llos” y de repente nos encon­tra­mos las tres en el patio con la cani­lla de agua muy fría. Pobre Dona M. haciendo una espe­cie de con­tor­sio­nismo ¡ima­gi­nen! ¡Una mujer tan grande colo­cando su cabeza en una cani­lla tan baja! Mien­tras yo hacía magia con el agua, Hor­ten­sia apli­caba el champú y juntas nos reía­mos haciendo bromas, “mmm que olor tan rico", decía. Luego de algu­nos calam­bres aca­ba­mos y pasa­mos a la parte peli­grosa ¡la tin­tura! Empe­za­mos a tra­ba­jar como dos artis­tas en la cabeza de una víc­tima, nos mirá­ba­mos pre­gun­tán­do­nos si estaba bien lo que hacía­mos, pero no pro­nun­ciá­ba­mos nin­guna pala­bra, solo ges­ti­cu­la­mos. Des­pués de casi tres horas de hacer todo, ella estaba feliz y noso­tras tam­bién, pero no por haber hecho una buena acción, sino porque pasa­mos un her­moso momento juntas, com­par­ti­mos char­las, risas, porque está­ba­mos, porque éramos, ¡solo por amor!

A veces des­cu­bro que no dejo de sor­pren­derme, que a pesar de tener muchos años tra­ba­jando en este tipo de con­tex­tos y de muchas veces llegar a las mismas con­clu­sio­nes, lo que siem­pre me sigue mara­vi­llando es el amor que hay detrás, el amor es increí­ble, nos hace bellos, nos hace ser feli­ces hasta en el dolor, el amor nos hace huma­nos, el amor nos hacer ser y nos enseña a amar, el amor nos con­duce ine­vi­ta­ble­mente hasta Dios, y cada día de mi misión puedo afir­mar que quien ama ver­da­de­ra­mente cree en Dios y El habita en su cora­zón, aunque no lo sepa.


Volver