• 3 de julio de 2015
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Violeta, misionera mejicana en Cuba

Violeta y Julia, Punto Corazón El Salvador

Vio­leta, meji­cana, de vein­ti­cua­tro años de edad, viajó muchos kiló­me­tros para venir a com­par­tir un mes en el Punto Cora­zón de San Sal­va­dor. Durante esas sema­nas pudo con­fir­mar el deseo de su cora­zón de com­pro­me­terse por un año como misio­nera en nues­tra fami­lia espi­ri­tual. Partió al Punto Cora­zón de Cuba en el mes de mayo. A con­ti­nua­ción ella misma des­cribe la expe­rien­cia que vivió en la colo­nia Iberia:

“Po­dría com­par­tir­les muchas his­to­rias y me lle­va­ría muchas hojas de papel, solo puedo decir­les que me encan­ta­ron las acti­vi­da­des que rea­li­zan en Puntos Cora­zón, que en los deta­lles más peque­ños, me vi, los vi, vi a mi fami­lia, a mis amigos y com­probé que en muchas oca­sio­nes con solo dar un abrazo, una son­risa, un café pode­mos hacerle el día a alguien quien incluso pen­saba qui­tarse la vida.
Durante este gran­dioso mes, conocí a muchas per­so­nas, desde niños que son feli­ces con un pedazo de plas­ti­lina aunque sus padres estén presos o invo­lu­cra­dos en las maras; hasta jóve­nes que se encon­tra­ron a sí mismos al par­ti­ci­par en la obra “El Prin­ci­pito” orga­ni­zada por el movi­miento; y adul­tos mayo­res aban­do­na­dos por sus hijos pero que son­ríen y se des­vi­ven por los demás.

Les repito tengo muchas his­to­rias que lle­na­ron mi cora­zón de ale­gría, les com­par­tiré una: Niña Julia, una señora de 85 años con alzh­ei­mer, olvi­dada por su fami­lia pero soco­rrida gra­cias a Dios por sus veci­nas, quie­nes la ayudan desde que comenzó su enfer­me­dad. Los misio­ne­ros de Puntos Cora­zón la visi­tan regu­lar­mente.
Para ella todos los días son domingo y yo debía repe­tirle mi nombre cada 15 minu­tos y siem­pre decía: “Vio­leta, como la flor”; esta señora toco mi cora­zón, me per­mi­tió valo­rar muchas cosas de mí y de los que me rodean, verla reír y feliz me lle­naba y sabía que no hacía mucho por ella, pero el verla reír me bas­taba para todo mi día.
A los 15 días de mi estan­cia en El Sal­va­dor, ya podía decir que de mi parte era un SI: si a com­par­tir unos meses de mi vida o el tiempo que Dios me requiera en acti­vi­da­des como estas, un sí sin miedos, sin dudas ni temo­res (…) sé que estoy llena de ben­di­cio­nes y quiero com-partir esta ale­gría de la cual me llené.”


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