• 13 de junio de 2017
es

Una linda razón para la esperanza

Flo­ren­cia en misión en Brasil nos com­parte desde su expe­rien­cia, el sen­tido pro­fundo del perdón:

El con­texto en el que cre­cie­ron y viven nues­tros amigos fue en gene­ral muy difí­cil. La pri­mera ten­ta­ción es juzgar sus accio­nes, pero noso­tros no vini­mos para eso. Creo que nues­tra prin­ci­pal tarea acá es per­mi­tir que todas estas per­so­nas expe­ri­men­ten -siem­pre desde nues­tra limi­ta­ción humana- el perdón de Dios, y en ese perdón el gran amor que Él nos tiene.
¿Y cómo es ese perdón? Para defi­nirlo les com­parto unas pala­bras de Don Gius­sani: “per­do­nar quiere decir afir­mar, debajo de toda la impu­reza, aque­llo que de ver­da­dero y de justo, de bueno y de bello, de ser, existe en el otro”.
Pude apren­der algo de esto con nues­tra amiga Jaque­line. La conocí el día que llegué a Brasil, cuando llegó borra­cha a nues­tra casa para pedir un café. Des­pués de ese primer encuen­tro la vi casi todos los días en la calle, siem­pre en el mismo estado.
Un día pasó por la casa a con­tar­nos que estaba emba­ra­zada desde hacía 3 meses. Para noso­tros fue muy duro porque sabía­mos todo lo que había bebido, pero bus­ca­mos ayu­darla y acom­pa­ñarla.
Un día vol­vi­mos de un des­canso (tene­mos un día fuera del barrio cada semana) y Luci­mari me contó que Jaque­line había pasado para con­tar­nos que había per­dido a su bebé.
Des­pués de eso, desa­pa­re­ció. Ya no lle­gaba a nues­tra casa ni la encon­trá­ba­mos en la calle, y no tenía­mos cómo comu­ni­car­nos. Empe­za­mos a preo­cu­par­nos por ella… Su nombre empezó a apa­re­cer más en nues­tras ora­cio­nes.
Pasó cierto tiempo hasta tomar con­cien­cia de su ausen­cia en el barrio, y enton­ces nos deci­di­mos a encon­trarla. Para esto tuvi­mos que hablar con muchos de sus amigos, todos esos que muchas veces cru­zá­ba­mos por la calle, pero nunca nos dete­nía­mos a hablar por causa de su embria­guez.
Uno de ellos nos buscó un día para con­tar­nos que Jaque­line estaba en Sal­va­dor con su mamá. Inten­ta­mos con­tac­tarla pero no con­se­gui­mos, y el deseo de encon­trarla seguía cre­ciendo en nues­tro cora­zón.
Un día está­ba­mos en nues­tra casa, y escu­cha­mos a uno de los amigos de Jaque­line que nos gri­taba que ella había vuelto. Con­tar­les todo lo ante­rior cobra sen­tido en este momento. Estoy sor­pren­dida por la ale­gría que sen­ti­mos al verla y cómo corri­mos a abra­zarla. Sin pen­sarlo hici­mos como en la pará­bola y le ofre­ci­mos lo mejor que tenía­mos para comer y tomar.
Si hubiera depen­dido de mí, quizás mi pri­mera reac­ción habría sido juz­garla dura­mente por esa vida que se perdió. Sin embargo Dios me dejó sentir un poco del amor que Él siente por todos.
Enten­der que Dios nos ama con un amor tan grande, tan tota­li­zante, capaz de mirar­nos por lo que somos y no por lo que hici­mos, ¿no es una linda razón para la espe­ranza?

“Y levan­tán­dose, fue a su padre. Y cuando toda­vía estaba lejos, su padre lo vio y sintió com­pa­sión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó”. (Lc. 15, 20)


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