• 5 de enero de 2012
es

«Una Navidad con Diego»-Testimonio de Nicolás F.

Diego como pastor, Fazenda, Navidad 2011

Les com­par­ti­mos un her­moso tes­ti­mo­nio de Nico­lás F. que nos ayuda a entrar más pro­fundo en el mis­te­rio de la Navi­dad. Nico­lás y su esposa Ceci­lia estu­vie­ron misio­nando durante 14 meses en la Fazenda do Natal, Brasil:

"Diego nació hace vein­ti­trés años y fue aban­do­nado con una fiebre muy alta en algún hos­pi­tal. Nadie cuidó de él en sus pri­me­ras horas y des­pués poco pudie­ron hacer los médi­cos. Luego en un orfa­nato reci­bió durante diez años comida, higiene y ropas; pero no amor. Así fue como lo encon­tró Padre Thie­rry, preso de la pará­li­sis cere­bral y el aban­dono y junto con un matri­mo­nio misio­nero que vivía en la Fazenda, tuvie­ron el deseo de traerlo para cui­darlo y amarlo. Luego de una larga noche oscura lle­gaba para Diego la Navi­dad. Dicen que al prin­ci­pio pare­cía casi un muñeco ya que no res­pon­día a ningún esti­mulo, sola­mente a veces con­se­guía expre­sar su gran angus­tia y enton­ces daba gritos deses­pe­ra­dos, llan­tos inter­mi­na­bles y se auto­a­gre­día con fuer­tes mor­di­das en sus manos y brazos. Nunca se que­daba quieto y pre­ci­saba medi­ca­ción fuerte para tran­qui­li­zarse y tam­bién, antes de llegar a la Fazenda, cami­sas de fuerza. No fue fácil para Stan y Char­lotte.

Seis meses des­pués de llegar a la Fazenda, una tra­ba­ja­dora social que lo cono­cía bien hizo una visita-con­trol ya que no creía que Diego pudiera estar bien en medio del campo, sin luz, agua, ni gas y con un camino tan desas­troso que tor­naba leja­ní­simo a cual­quier hos­pi­tal.
Cuen­tan quie­nes pre­sen­cia­ron esa visita que la licen­ciada lloró tan des­con­so­la­da­mente de la emo­ción al verlo tan bien que, pri­mero nadie enten­día y des­pués todos llo­ra­ron. Contó que
nunca lo había visto así, tan cui­dado, tan calmo, sin heri­das y con tanta gente mimán­dolo a su alre­de­dor.
Con el tiempo y el cariño Diego dis­mi­nuía cada vez más las auto­a­gre­sio­nes, aban­do­naba
pau­la­ti­na­mente la medi­ca­ción y final­mente comenzó a mirar a los ojos a las per­so­nas.
Y les ase­guro, nadie me miró tan pro­fun­da­mente a los ojos como Diego. Cuando lo
hace me saca de todos mis pen­sa­mien­tos, me detiene en el tiempo como diciendo: “son sólo
estos cinco segun­dos que puedo comu­ni­carme con vos, apro­ve­ché­mos­los”.
De hecho su capa­ci­dad de aten­ción hoy no excede los diez o quince segun­dos; pero sabe
apro­ve­char­los. Diego hoy es nues­tra garan­tía de ale­gría en casa. Al verlo, ins­tan­tá­nea­mente son­reí­mos y per­ci­bi­mos su cariño, cuando todos esta­mos medio bajo­nea­dos él larga una fuerte car­ca­jada como para sacu­dir­nos.

Dios trans­formó su vida a través de la deci­sión de aque­llos misio­ne­ros que eli­gie­ron amarlo, él ahora paga. Didi ya pasó por muchos cui­da­do­res y a todos en algo los trans­formó. Él se deja cuidar, no opone ya nin­guna resis­ten­cia y se adapta san­ta­mente al modo de cada cui­da­dor. ¿Cuán­tas veces por nues­tro orgu­llo no deja­mos que nos cuiden? ¿No es navi­dad cuidar al pequeño y débil que engen­dra la mara­vi­lla? ¿No es tam­bién nues­tro cora­zón pequeño y débil? ¿No será que esta navi­dad debe­mos plan­te­arnos como cuidar un poco mas nues­tro cora­zón para engen­drar mara­vi­lla? ¿Tal vez abrir más nues­tro cora­zón para que Otro lo cuide? O tal vez cuidar a quien mas lo pre­cise en mi entorno sea la mejor manera de dejar crecer la mara­vi­lla en mi vida.
El silen­cio tan pro­fundo de Diego nos obliga a callar­nos, a mirar­nos bien aden­tro. A callar el sonido de la piro­tec­nia y el albo­roto de los rega­los. A inten­tar enten­der en qué mi vida tiene que ver con navi­dad y des­cu­brir irre­me­dia­ble­mente que: que nazca o no un mila­gro esta navi­dad depende de noso­tros."


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