• 21 de febrero de 2013
es

Un tiempo de empobrecimiento y de descubrimiento

Supplication 1© Escultura de Paul Crochat, 2007

de P. Thierry de Roucy

Cada año, la liturgia del miércoles de ceniza nos coloca nuevamente frente a la verdad de nuestro destino: «polvo eres y al polvo volverás».

Y cada año, escuchando esta frase, nos decimos: «esta vez no puedo dispensarme de convertirme y de creer en el Evangelio. Debo borrar de mi vida todo aquello que no es conforme con la idea que yo tengo de la santidad: esas burlas sarcásticas, esas pocas mentiras, esos juicios negativos, esos whiskys de más, esos cigarrillos inútiles. Todo eso debe desaparecer. Tomaré la Cuaresma de este año muy en serio». Tengo así la pretensión de creer que mi voluntad arreglará rápidamente todos esos problemas.

Llega el segundo o el tercer domingo de Cuaresma. Me veo en la obligación de hacer un balance: la angustia que me causa la simple idea de dejar de fumar me lleva -como nunca- a fumar más y compenso la privación de algunos vasos de whisky por una agresividad que se duplica. Esta Cuaresma -como las precedentes- se vuelve una catástrofe. Nunca había tenido como hasta ahora una idea tan negativa de mí mismo; nunca me había sentido a tal punto incapaz de sacrificios, de renuncias, incluso de religión.

Debo entonces elegir. O doy vuelta la página de los esfuerzos de Cuaresma y renuncio definitivamente a toda práctica religiosa o intento comprender esta incapacidad y crecer en medio de lo que se revela como un fracaso.

En efecto este tiempo nos es dado, como nos lo recuerda la oración del primer domingo de Cuaresma, para «progresar en el conocimiento de Jesucristo» y, curiosamente, parecería que lo conocemos mejor cuanto más descubrimos la inmensidad de nuestra debilidad que cuando nos damos cuenta que somos capaces de vivir una gran ascesis y que sabemos llevar perfectamente a buen puerto cada una de nuestras resoluciones. En este último caso corremos el riesgo de sólo encontrarnos a nosotros mismos y nuestra pseudo-perfección y dejar así que se infiltre en nosotros el orgullo. ¡Cuán curioso sería entonces el fruto de nuestra Cuaresma! En el primer caso, la toma de conciencia de nuestra miseria nos dispone a acoger, si queremos aceptarlo y osamos no adormecernos en nuestra fragilidad, la presencia del Salvador, la salvación de Aquel que murió y resucitó por nosotros, cuyo amor celebramos de manera especial en el triduo pascual.

En pocas palabras, nuestra incapacidad de llevar a buen término -¡a pesar de nosotros!- nuestras resoluciones de Cuaresma puede ser una bendición si nos abre al conocimiento de Jesucristo y nos permite experimentar lo que Él es para nosotros: ¡Misericordia!


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