• 4 de junio de 2012
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«Un bálsamo derramado sobre tantas heridas...»

El Buen Samaritano © Paul Crochat

Con motivo de la primera cena a beneficio de Puntos Corazón Argentina, a realizarse el próximo 28 de junio en Buenos Aires, nuestro fundador nos escribe:

"Poco antes de su partida definitiva hacia el campo de Westerbock (Holanda), Etty Hillesum coloca entre las manos de su amiga Marie Tuinzing los cuadernos en los que, desde el sábado 8 de marzo de 1941 al domingo 11 de octubre de 1942, había escrito su diario. Son páginas increíbles por su autenticidad y profundidad, que esperaron cuarenta años antes de ser publicadas.

El primer cuaderno comienza con una cierta confusión. Ella habla de “su sentimiento infinito de soledad (...), de incertidumbre, de angustia”, presiente que “la vida es terriblemente difícil”, se presenta como “muy inhibida y poco segura de sí”. Un año y medio más tarde, ese mismo diario se termina en apoteosis con esta frase: “desearía ser un bálsamo derramado sobre tantas heridas”.

Existen las heridas inimaginables de todos aquellos que son enviados en los campos de tránsito, ya sea en los Países Bajos o en otros lugares, y que esperan su partida para Auschwitz.. Pero “poco a poco toda la superficie de la tierra no será más que un inmenso campo de concentración, y nadie o casi nadie, podrá vivir fuera de él” (11 de julio de 1942). Tal vez la tierra entera ya lo sea... porque dondequiera que haya un hombre, hay un punto negro, un lugar de sufrimientos sin fin.

¿Qué es lo que conviene hacer? De hecho, nadie lo sabe... Millares de panes o de techos, millares de vacunas o de ONGs nos dejarían aún con tantas miserias... Y existen además los males que no se consuelan ni con el dinero, ni con el saber, ni con la salud: la soledad, la angustia, el sin sentido. Sólo podemos vencer dicha situación, si abandonamos la reflexión sobre el “hacer”, o más bien si comprendemos, como lo hizo Etty, que “nuestro ‘hacer’ tiene que consistir en ‘ser’.” Y es verdad: porque el ser, es el Espíritu; el Espíritu, es el corazón; el corazón, es el amor.

Por lo tanto, como todos tenemos un corazón –ya que no hay vida sin corazón- la misión de consolador es una misión universal. Se es ingeniero para programar, sin lugar a dudas, pero también para “derramar un bálsamo sobre tantas heridas…”, se es pintor o escritor (como quería serlo Etty) no solamente para producir obras, sino también, de manera especial, para consolar a aquellos a quienes las obras están destinadas. Es por eso que no podemos comprar un libro o un cuadro como se compran tomates o herramientas. La compra de una obra de arte es el fruto de una mirada, de una complicidad, de una pasión… Elegimos con emoción aquella que va a vivir con nosotros, la elegimos como se elige a un amigo. Escogemos la obra, pero también al artista con sus sufrimientos y sus originalidades, con sus locuras y sus amores. Y más aún, junto con la obra y el artista, elegimos acoger al pueblo que habita la obra: un pueblo que sufre, que ama o que trabaja... un pueblo sumergido en la noche como en un subterráneo de Kiefer o cubierto de heridas como en un poema de Celan.

La obra me consuela: si estoy triste, escucho algunos concerti para retomar fuerzas; desesperado, vuelco mi mirada sobre el cuadro acogedor de mi escritorio para comprender que no estoy solo... Y cuando no hay nadie a mi alrededor, o cuando las palabras de los hombres aumentan mi malestar como las de los amigos de Job, necesito esas presencias silenciosas para saber que mi alma no está solitaria ni ha sido lanzada a los infiernos, para saber que soy infinitamente amado.

Puede ocurrir también que en mi casa yo introduzca, cual una pobre viuda, cuadros tristes para ser consolados, músicas violentas para intentar hacerlas sonreír, poemas llenos de muerte para resucitarlos... Hay noches en las que mi casa está tan llena de esas viudas, de esos prisioneros, de esos locos, que sólo hay lugar para Dios.

La amistad es un intercambio... La obra de arte derrama su bálsamo sobre nuestras heridas y nosotros derramamos nuestro bálsamo sobre las heridas de la obra de arte. Es la tarea espléndida y recíproca del hombre y del arte."

P. Thierry de Roucy

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