• 10 de agosto de 2011
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Testimonio de un médico: Al pueblo argentino, Salud!

Santiago y Jean-Pierre, Perú 2006

El Dr. Santiago J., médico que ha hecho su especialidad en clínica general, nos comparte su experiencia en un hospital público de Buenos Aires. En 2006, él ha realizado una experiencia como misionero de Puntos Corazón en Lima, Perú:

Sabemos ya que la vida está plagada de incertidumbre y que toda despedida puede ser definitiva. Podría pasar que al final de cualquier viaje, incluso el más inocente, nos espere con dientes afilados, una muerte en calma, simple; violenta, quizás. Es verdad que pasa poco o muy poco, salvo en Aquellas Despedidas, en Aquellos que viajan empujados por la desesperación. Pasa mucho y frecuentemente en algunos de los países de por aquí, en varios de mis países vecinos.

Aquellos son los que trabajo tienen. Habrán de sembrar y cosechar, pintar o construir. No viajan buscando el pan. No estos, por lo menos. Aman el ceviche que se sirve en el Callao y por nada del mundo dejarían el aire que se respira en los altos de La Paz o el sol del poniente de los llanos de Asunción. El clima y la música les sienta bien. El tesoro más grande que tienen suele ser la familia, numerosa, reunida, humilde en su sencillez. Unida.

Pareciera que en su pobreza digna todo es lo que tienen. Una sola cosa falta y es la salud a su alcance. He aquí que en esos días oscuros se ven empujados a tomar una decisión cruel: dejar todo aquello que se ama o dejar la vida. Así y todo algunos dudarán todavía y postergarán algunas horas, algunos días la decisión de viajar, empeorando cada momento y poniendo las fuerzas al límite.

Hasta aquí parecería todo una exageración, pero podría yo llenar de nombres e historias estas líneas. Calderón, Andrea 601; Durero, José cama 610B ; Mamani, Ernesto cama 633 ..miles, uno sería bastante. Prefiero entonces hablar en nombre de todos, porque al fin y al cabo todos comenzarán su travesía escuchando a diferentes médicos con un discurso similar: “...aquí ya no hay posibilidades terapéuticas para usted. En Argentina tal vez pueda acercarse...”. La opción más justa pero imposible aún es que aquellos tengan la posibilidad económica de costearse estos tratamientos costosos y avanzados sin sufrir el destierro voluntario.

Supongo yo que el viaje continuará de igual forma. Los abrazos habrán cambiado, serán más sentidos; un beso desgarrará una parte del alma, cerrar una vez más aquella puerta, será tan distinto hoy. Y después vendrán las horas de viaje soportando el temor, reteniendo el aire, calmando la fiebre, aguantando el tiempo.

Sólo saldrán de la desesperanza si llegan a algún hospital público argentino, un verdadero templo de Vida cuya norma es atender a todos, absolutamente a todos sin ningún tipo de distinción. Ricos, pobres, de allá de la montaña o del valle, de cual o tal país, no interesa. Sin preguntar, como le corresponde hacer al Amor.

Día y noche, atentos y velando habrá gente dispuesta por si la muerte llama, a presentar pelea. En guardia. Listos a desoír y descreer aquellas palabras de que nada puede hacer el hombre para prolongar los segundos de su vida. Estos intentaran y lucharan por más segundos, por las horas, por tiempos diferentes del dolor.

Es también el templo del ser humano. De un sufrimiento indecible, de un amor capaz de todo. De las miserias y las vilezas más terribles, habrá que decirlo. Es entonces, lo dicho: el reflejo del hombre y por tal cosa, causa de su colapso. ¿Es que acaso puede él soportar tanto dolor, de todos lados, continuo, incesante, y de todos los pueblos? Es comprensible entonces que a veces todo falte. Medicación, lugar, paciencia, tiempo... Pero así y todo nunca dejará de ser lugar de excelencia y luz de esperanza de los que nada tienen y de los que poco esperaban ya.

Por eso mismo la mirada de los que son parte será determinante.
El que pueda entender, entenderá. Y podrá ver bien aquel que se acerque con una mirada de compasión. Aquel tendrá consuelo y podrá continuar día a día.
Aquel que piense esto como un trabajo, tarde o temprano quebrará su espalda y no entenderá porqué eligió este rumbo, porqué resignó horas de sueño, de descanso, porqué hubo días que puso en peligro su matrimonio o descuidó a sus hijos, y entonces odiará su cárcel, odiará su dolor y el ajeno; odiará toda enfermedad y todo enfermo; quien llegue de lejos será un extraño que quita un lugar al que es de este lado del río y tal vez lo más triste es que poco le importará el valor que implica el rencuentro del que se abandonó a la muerte y hoy gracias a su esfuerzo puede volver a casa, a esos ojos, a esos brazos que lo esperan de este lado de la vida.

En este juego habrá de aquellos y de estos y el juego seguirá y este lugar con ambos trabajando seguirá abierto para todos.
Es justo entonces brindar por el hospital público y gratuito y también por todo el pueblo argentino que con su trabajo lo sostiene. A ellos pues, Salud!

Santiago J.

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