• 16 de octubre de 2008
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Testimonio Puntos Corazón de Buenos Aires

Miguel de Alemania

Vivió 17 meses en el Punto Corazón de Villa Jardín, Lanús, Buenos Aires y 3 meses en la “Fazenda do Natal” en Brasil.

Mi misión con Puntos Corazón fue para mí como un nuevo nacimiento que me hizo descubrir todo de nuevo y con otra luz, que es Cristo. Desde el primer día viví la misión como una gran aventura y con el tiempo me di cuenta que si permanecía abierto estaba en una escuela que me enseñaba más de lo esencial que la que concurrí durante 13 años. Dejando mi patria, casa, familia y amigos llegué a Argentina para descubrir algo que no esperaba pero que es mucho mejor de todo lo que me imaginaba antes.

Me fui de Alemania más o menos con la idea de ayudar e incluso “salvar” a los pobres y niños que sufren en este mundo con mi propia fuerza. Un poco como si yo quisiera mejorar el mundo según mi imaginación.
Pero muy rápido llegué a mis límites y realicé que no sabía para nada cómo hacerlo ni era capaz de llevarlo a cabo. Esta impotencia fue un golpe fuerte para mí y me hizo surgir muchas preguntas sobre el sentido de la vida y mi misión con Puntos Corazón. Sentía que soy más que nada yo quien necesita ayuda en vez de los pobres… y visitándolos y jugando con los niños descubrí realmente mi pequeñez y mi necesidad de aprender a amar.

Fue a través de la oración y la sencillez de la vida cotidiana de Puntos Corazón que poco a poco me di cuenta que es Dios quien nos salva y solo Él quien me hace vivir plenamente mi misión de “Amigo de los niños”. Así pude entender cada vez mejor la hermosa frase de P. Thierry: -“Lo esencial para los Amigos de los niños, consiste en la calidad de su presencia que será tanto más grande, cuando más grande sea la calidad de su presencia en Dios. En este sentido, los Amigos de los niños serán en primer lugar “adoradores en espíritu y en verdad” (Jn. 4,23).” y entendí que hay que llevar a Dios a nuestros amigos y que yo soy únicamente una herramienta suya.

Gracias a esta experiencia, que fue un signo de Dios para mí, la oración –que tiene mucha importancia en la vida cotidiana y es muy intensa- se convirtió realmente el centro y el fundamento de mi misión que al principio todavía me costaba. Tener un ritmo de oración fijo en comunidad en nuestra casa es algo que me ayudó mucho a volver siempre a lo esencial y el por qué de mi misión y fue una fuente insustituible de fuerza para todos los días.

Además es una muy linda y única experiencia de vivir en comunidad. Con hermanos que no se pueden elegir y que son de otra nacionalidad y cultura. La comunidad es un muy importante punto de apoyo también, pero a veces puede ser una difícil prueba. Para mí fue hermoso vivir en comunidad y aunque a veces fue difícil y hubo desafíos, la comunidad era como mi familia y un lugar donde yo podía descubrir mi misión y a mí mismo sin máscaras y crecer unidos con los otros. Es justamente esto que me sorprendió tanto: que cada uno tiene sus fuerzas y debilidades y que uno no puede sin el otro, así que si nos ponemos juntos e intentamos ser un sólo cuerpo, es realmente Cristo quien se puede experimentar entre nosotros.
Fue con ellos que empecé a aprender a amar y perdonar y fue también a través de ellos que Cristo se reveló para mí muchas veces de una manera muy fuerte.

Los niños eran mis grandes maestros. Me enseñaban un montón, ya sea el español (con una paciencia infinita) o lo esencial de la vida. Siempre fue una gran alegría recibirlos en la casa por ejemplo durante la permanencia o jugar simplemente con ellos en la calle. Entrando así en su mundo se me abrieron los ojos y me mostraron tanta belleza que antes no podía o tal vez mejor dicho no quería ver. Lo descubrí en las cosas sencillas como cocinar con los niños, jugar a la pelota con ellos, la hospitalidad de sus familias, admirando la naturaleza, etc. y entendí que todas estas cosas que me parecían tan normales y evidentes son las obras de Dios que Él nos regala y que lo puedo encontrar sólo si uso mis “verdaderos ojos”.
Quería volver a ser de nuevo como un niño que se deja maravillar por la realidad y que la recibe sin prejuicios tal como es. Un niño que se alegra de las pequeñas cosas de la vida y que confía totalmente en su padre.

Me dí cuenta que mi mirada sobre el hombre cambió mucho durante la misión y gracias a mis amigos y hermanos de comunidad voy “mas allá” cuando encuentro una persona.
La misión me llenó mucho el corazón y en particular, cuando andábamos en los pasillos de nuestro barrio, sentía realmente la sed de una presencia de nuestros amigos: Cada abuelo que está solo y abandonado en su casa y se alegra como un niño cuando lo visitamos, las mujeres que nos cuentan sus dificultades en educar solas a sus hijos y los niños que saltan con toda su fuerza en nuestros brazos para ser mareadas unas veces.

Estoy tan feliz de haber recibido este regalo de Dios de vivir la misión con Puntos Corazón…
Ahora estoy buscando mi camino para seguir viviendo del carisma en las nuevas circunstancias que se me proponen de vuelta en casa.
¡Quedan tantos recuerdos y tantas caras en mi corazón que me marcarán para toda mi vida y nunca olvidaré!


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