• 11 de enero de 2013
es

Buenos Aires: «res­pon­der a este grito de mis amigos con la verdad»

María Laura, PC Carlos de Foucauld, Buenos Aires 2012

de Maria Laura G., misio­nera peruana en Argen­tina

Mil encue­n­­tros, mil gra­­cias, mil gritos que nos com­­pa­r­­ten y que salen del cora­­zón de nue­s­­tros amigos. Gritos de ale­­gría, de sati­s­­fa­c­­ción, de tri­s­­teza, de sufri­­miento. Como dice padre Thie­­rry, el fun­­da­­dor de la obra, “Ni­n­­gún grito está de sobra para quien lo sabe acoger, en su bru­­ta­­li­­dad, como un tra­m­­po­­lín hacia un don de sí mismo más grande”. La rea­­li­­dad del barrio es la misma. Mucha pobreza, no hay tra­­bajo, a veces no hay para comer, no hay con que vestir. Y me sumerjo en esto: tengo que vivir sin una tele, sin inte­r­­net, sin ir al cine o ir de sho­p­­ping. Pero no me cuesta tanto. No es difí­­cil para mí haber aba­n­­do­­nado por un tiempo estas como­­di­­da­­des.

Sin embargo, hay algo con lo que tengo que lidiar día a día y es más pro­­fundo en mi cora­­zón, más difí­­cil de llevar. Es intro­­du­­cirme a este tra­m­­po­­lín del que habla padre Thie­­rry. Y es el saber res­­po­n­­der a este grito de mis amigos con la verdad. Doná­n­­dome rea­l­­mente para ate­n­­der este sufri­­miento, vivir la com­­pa­­sión, la cari­­dad, la piedad sin des­­viarme, sin querer huirle, sin asu­s­­tarme.

Mome­n­­tos de miedo, cuando alguien me ofende, cuando un amigo me ame­­naza, cuando escu­­cho tra­­ge­­dias, cuando escu­­cho peleas; y me llaman a estar pre­­sente, a vivirlo con, junto a.

El grito llama, per­­so­­nas ver­­da­­de­­ras con sufri­­mie­n­­tos reales, son más inte­n­­sos en sus cora­­zo­­nes que en mi propio cora­­zón, que humi­l­­de­­mente trata de com­­pa­r­­tir esto.

Ser y amar, ser y amar. Este es mi don cada día. Leva­n­­tarme cada mañana y tener pre­­sente esto. Y que ante todo no estoy sola, no esta­­mos solos. Dios está aquí y sie­m­­pre nos da teso­­ros que nos alie­n­­tan y nos sos­­tie­­nen para seguir ade­­lante. Aquí y para mí son los mome­n­­tos de ora­­ción, mome­n­­tos de gozo y es tam­­bién mi comu­­ni­­dad. Quie­­nes cargan con­­migo, quie­­nes me ense­­ñan a amar más, a darse más y que com­­pa­r­­ten cada ins­­tante como tes­­ti­­gos per­­ma­­ne­n­­tes de mi vida y de la vida de nue­s­­tros amigos. Pasar más tiempo en las calles es escu­­char más gritos que quizás en invierno esta­­ban más ocu­l­­tos, es des­­pe­r­­tar al cora­­zón a ate­n­­der más cora­­zo­­nes.


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