• 10 de septiembre de 2012
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Punto Corazón de Buenos Aires: apostolado en el hospital

María Laura y Rodrigo, agosto 2012

de María Laura, misio­nera peruana:

Cada jueves visi­­ta­­mos la sala de pedia­­tría en el hos­­pi­­tal de infe­c­­to­­lo­­gía en la capi­­tal. Ahí enco­n­­tra­­mos niños desde 0 a quince años que, infe­c­­ta­­dos con el VIH, reci­­ben un tra­­ta­­miento y quedan inte­r­­na­­dos por un tiempo dete­r­­mi­­nado.

Cuando recién empecé a ir a este apo­s­­to­­lado, quedé un poco des­­co­n­­ce­r­­tada. La tarde con ellos pasaba rápido entre juego y juego y no ente­n­­día qué frutos podría tener nue­s­­tra visita en ellos y en mí al apa­­re­n­­tar ser algo pasa­­jero. Es un pano­­rama bas­­tante duro y com­­plejo. Enco­n­­tré niños con mucha vita­­li­­dad, dis­­pue­s­­tos a todo, niños can­­sa­­dos, niños con la mirada per­­dida, vacía, des­­co­n­­ce­r­­tada. Como yo al pri­n­­ci­­pio. Sin embargo, des­­pués de haber visi­­tado varias veces, hay ros­­tros que se me hacen fami­­lia­­res y son quie­­nes me han ense­­ñado a valo­­rar aque­­llo que se me hacia pesado al pri­n­­ci­­pio.

Un día, cuando me tocó ir, la tarde pasó tra­n­­quila. Me dedi­­que a jugar, con­­ve­r­­sar, reír un ratito con ellos. Cuando iba de salida, me des­­pedí de todos. Fue casi impo­­si­­ble salir de la sala. Tenía dos peque­­ñi­­tos ama­­rra­­dos a mis pies, otro a mi cuello, por mi espalda, otro que corría y cerraba la puerta. Lesly, mi her­­mana de comu­­ni­­dad con la que fui ese día, estaba igual. Cuando logra­­mos zafa­r­­nos de sus brazos, sus besos, sus abra­­zos locos y llenos de eufo­­ria cami­­na­­mos hacia la salida por el patio tra­­sero al pabe­­llón. Los gritos de los niños desde la ven­­tana se oían con miles de “Chaus” y sus mani­­tos que se batían por encima de sus cabe­­zas no per­­mi­­tie­­ron que pasara este momento sin que yo misma que­­dara impre­­sio­­nada. ¡Cuánto les había­­mos dejado! ¡Cuánto me deja­­ron ellos a mí! Este momento que pasa­­mos había sido apa­­re­n­­te­­mente ordi­­na­­rio, pero pro­­fu­n­­da­­mente extra­or­di­­na­­rio.

Fue un reme­­zón para mí. No debo dejar aque­­llo que no me gusta hacer sólo porque no me siento cómoda, sino que debo dar más, aunque no conozca los frutos, Dios actúa por medio de cada ins­­tante y mucho más grande es ver una son­­risa en el rostro de un niño que sufre de una enfe­r­­me­­dad tan difí­­cil, com­­pa­r­­tir esta ale­­gría que hasta en los mome­n­­tos com­­pli­­ca­­dos se deja expre­­sar y vivir.


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