• 27 de mayo de 2013
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Nuestro adiós al P. Marcelo M.

P. Marcelo M., junto a P. Lorenzo- Paraná 2006

El domingo de Pen­te­cos­tés nues­tro que­rido amigo, P. Mar­celo, retor­naba a la casa del Padre. Ante la tris­teza de su par­tida nos invade una gra­ti­tud inmensa por su amis­tad incon­di­cio­nal y su ora­ción cons­tante por nues­tra pequeña obra. Tene­mos sin duda un inter­ce­sor en el Cielo.
Les com­par­ti­mos algu­nas pala­bras de un sacer­dote amigo, quien nos cuenta sus últi­mos momen­tos:

"El sábado me llama al medio­día muy con­tento porque estaba por salir para las bene­dic­ti­nas para cele­brar con ellas la fiesta de Pen­te­cos­tés. Se lo escu­chaba muy bien. Char­la­mos un rato y se lo notaba muy entu­sias­mado con su con­sa­gra­ción de oblato bene­dic­tino para la que se venía pre­pa­rando con las monjas y que ya tenía la fecha para el 10 de agosto. Creo que real­mente Dios me regaló ese lla­mado tan cerca como una muy buena des­pe­dida.
Ese sábado estuvo a la tarde en el monas­te­rio, cele­bró las com­ple­tas y se quedó todas las Vigi­lias (¡que en Pen­te­cos­tés son bas­tante largas!). Al final se acercó a la sacris­tía y les pidió el evan­ge­lia­rio y una hoja porque había tenido una intui­ción para la homi­lía del domingo. Se fue a dormir y antes dejó toda la homi­lía de Pen­te­cos­tés escrita. El esquema para la pré­dica empe­zaba diciendo: «Pen­te­cos­tés es la octava de la pascua (7 sema­nas de fes­tejo), la ple­ni­tud... qué es lo que nos queda: La Vida Eterna!!»
¿Qué puedo decir? El dolor y la tris­teza se ven inva­di­dos por una cer­teza de que Dios le regaló la mejor muerte para El. Es lo que más hubiera que­rido que le pasase. Así le hubiera gus­tado morir. En el monas­te­rio, en el Domingo, en el culmen de la Pascua que fue Su Pascua. Con la gracia de los sacra­men­tos, signo de la mise­ri­cor­dia con que Dios lo pre­paró."


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