• 15 de marzo de 2013
es

¡Nuestro Pastor... el Papa Francisco!

Papa Francisco, Roma marzo 2013

de Hna. Mariana C.

«Recen por mí», nos pidió el nuevo Papa, Su San­ti­dad Fran­cisco. Para noso­tros, fieles de Buenos Aires, esta frase se había vuelto «la suya». Cada sermón, cada encuen­tro per­so­nal, cada carta o simple saludo ter­mi­naba con esas pala­bras: «Recen por mí». Y en sus ojos podía­mos ver que su pedido era serio, ¡a no olvi­dar!

La noche de su elec­ción nos reu­ni­mos espon­tá­nea­mente en la Cate­dral de Buenos Aires para res­pon­der a su pedido. Éramos una mul­ti­tud a rezar el rosa­rio en con­ti­nuo, hasta la cele­bra­ción de la misa de acción de gra­cias, en una igle­sia repleta. Afuera, en la emble­má­tica Plaza de Mayo, los que no pudie­ron entrar can­ta­ban y ova­cio­na­ban al nuevo Papa.

La emo­ción y la ale­gría inmensa que se leían en los ros­tros no eran simple orgu­llo, sino la cer­teza de que el Señor con­suela y acom­paña al pueblo argen­tino, en un momento par­ti­cu­lar­mente difí­cil de su his­to­ria. Sí, esta elec­ción tan sor­pren­dente nos coloca nue­va­mente frente a esta evi­den­cia: Él es el Señor de la his­to­ria.

Pero, ¿quién es el Papa Fran­cisco? Nació en 1936 en Buenos Aires, en una fami­lia de inmi­gran­tes ita­lia­nos. Luego de obte­ner su título de téc­nico en inge­nie­ría quí­mica deci­dió res­pon­der al lla­mado del Señor entrando en la Com­pa­ñía de Jesús. A los 33 años, fue orde­nado sacer­dote, y tres años más tarde fue ele­gido pro­vin­cial de los Jesui­tas en Argen­tina.

En 1992 fue nom­brado por el Papa Juan Pablo II obispo auxi­liar de Buenos Aires y en 1998 suce­dió como arzo­bispo a mon­se­ñor Qua­rra­cino. En 2001 fue creado Car­de­nal. Tam­bién fue dos veces pre­si­dente de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Argen­tina.

Pero, para noso­tros, es ante todo un pastor humilde, muy cer­cano a cada uno, que lle­vaba una vida muy simple, un hombre de ora­ción, de un gran sen­tido común y buen humor. Un pastor con pala­bras fuer­tes cuando era nece­sa­rio, pero siem­pre llenas de espe­ranza.

Desde nues­tra lle­gada a Buenos Aires, para la fun­da­ción de una casa, siem­pre estuvo muy atento y ser­vi­cial, res­pon­diendo rápi­da­mente él mismo a todas las cartas y lla­ma­das. Cono­cía bien el sufri­miento oculto de una gran ciudad como Buenos Aires y nos ani­maba a ir allí donde la Igle­sia estaba menos pre­sente, siendo signos visi­bles de Cristo.

Hoy, Dios nos lo da como el suce­sor de Pedro y pode­mos estar segu­ros de su ora­ción y de su pater­ni­dad por su pueblo... Sin embargo, ¡no nos olvi­de­mos de rezar por él!


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