• 10 de agosto de 2012
es

Natalia - Nueva York, EEUU

«Cuando llegue el día del cara a cara con el Jefe, tú me vas a defen­der» - Carta a los padri­nos, febrero de 2012:

Vol­viendo esa tarde del 24 de diciem­bre a casa, Miguel me dice al des­pe­dir­nos, en su tono burlón de siem­pre: “Cuando llegue el día del cara a cara con el Jefe, tú me vas a defen­der, y le vas a decir: “este es el tipo que me acom­pañó el 24 a llevar la comu­nión”.”
Me reí con él y le dije: “Trato hecho.” pero en rea­li­dad, me dejó sin pala­bras:
había en él como una cons­cien­cia de que, puede que quizás lle­gado el día en el que lo que sólo cuenta serán sus actos de amor, no haya mucho de ese lado de la balanza y de que es bueno depen­der de “tes­ti­gos” de tales actos. Había en él como una cons­cien­cia de que las pocas horas que aca­bá­ba­mos de vivir juntos en el geriá­trico tenían algo de mis­te­rioso, toca­ban algo de eterno…
Eterno porque no efí­mero; eterno porque car­gado de sen­tido; eterno porque bello, porque ver­da­dero; eterno porque el Eterno quiso hacerse tan­gi­ble en un pedazo de pan, hacerse tan­gi­ble en un cuerpo ten­dido en una cama de hos­pi­tal, en unos ojos pro­fun­dos que se clavan en los míos y que me gritan: “Gra­cias por per­mi­tirme saber que no estoy solo”…

Gra­cias, Miguel, porque tu cons­cien­cia des­pertó la mía, y mi cora­zón se puso a gritar tam­bién: “Ami­gos míos, amigo Miguel, abue­li­tos míos, yo soy muy pobre y mi amor lo es más aún; ¡cuando llegue el día de ver cara a cara al Jefe, díganle por favor, que intenté amar­los como pude, díganle que mire el mila­gro de la amis­tad que Él mismo nos ha dado, más que la pobreza de mi amor tan limi­tado! Amigos míos, mien­tras llegue ese día, sean uste­des mis maes­tros, no dejen de pro­vo­carme al don siem­pre mayor, a la con­cien­cia de que todo pasa, pero la Verdad, el Amor, la Belleza que des­cu­bro entre uste­des tendrá y tiene ya hoy la última pala­bra.”


Volver