• 5 de octubre de 2016
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Misioneros sin barcas

Misioneros Punto Corazón de Chile, septiembre 2016

En este mes de la misiones, le proponemos meditar con algunos trechos del libro “Nosotros, gente común y corriente” de Madeleine Delbrêl:

Poder recorrer y trajinar todas las calles, sentarse en todos los metros, subir todas las escaleras, llevar al Señor a todas partes: ¿habrá aquí o allá un alma que haya guardado su fragilidad humana frente a la gracia de Dios, un alma que se haya olvidado de acorazarse de oro y de cemento?

Y después rezar, rezar como se reza en medio de los otros desiertos, rezar por toda esa gente, tan cercana a nosotros, tan cerca de Dios.

Desierto de multitudes: hundirse en la marea humana como en la arena blanca.
Ese amor que nos habita, ese amor que estalla en nosotros, ¿acaso no nos ha de modelar?

Señor, Señor, que al menos esta corteza que me cubre no sea para ti una barrera. Pasa.

Mis ojos, mis manos, mi boca, son tuyos.

Esta mujer tan triste frente a mí: te ofrezco mi boca para que le sonrías.

Este niño casi gris de pálido: aquí están mis ojos para que lo mires.

Este hombre tan cansado, tan agobiado, he aquí mi cuerpo entero para que le des mi asiento, y mi voz para que le digas con enorme dulzura: “Siéntese”. Este muchacho tan estúpido, tan tonto, tan duro; ten mi corazón para que lo ames con él, más fuerte de lo que jamás lo han amado.

Misiones en el desierto, misiones sin derrota, misiones verdaderas, misiones en las que se siembra a Dios en medio del mundo, con la certeza de que Él germinará en alguna parte porque: “Donde no hay amor, poned amor y cosecharéis amor.” (…)

A la palabra de Dios no la llevaremos al fin del mundo en una maleta: la llevamos en nosotros mismos, se traslada en nuestro interior.
Una vez que hemos conocido la palabra, no tenemos derecho a no recibirla; una vez que la hemos recibido, no tenemos derecho a impedir que se encarne en nosotros; una vez que se ha hecho carne en nosotros, no tenemos derecho a guardárnosla: desde ese momento nosotros pertenecemos a aquellos que la esperan.

Al comienzo de cada hora de nuestros días podríamos decir “Debo vivir hoy como si tuviera que morir mártir esta noche”, como escribía el Padre Carlos de Foucauld, «debo empezar esta hora sabiendo que hará falta ser mártir, ser testigo», porque no hay hora en la que tengamos el derecho de dejar que la palabra de Dios permanezca dormida en nosotros. Y eso implica un fervor de todo nuestro ser frente a la gracia de cada instante, una espera apasionada de esa fuerza sin la cual nos volveríamos renegados.


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