• 2 de junio de 2015
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Mariam la « pequeña árabe » una santa entre Oriente y Occidente

¿Quién es Mariam, « la pequeña árabe » como la llamó Juan Pablo II durante su bea­ti­fi­ca­ción en 1983 y que el Papa Fran­cisco acaba de cano­ni­zar el 17 de mayo del 2015?

Mariam Baouardy nació el 5 de enero de 1846 en Ibi­llin, un pue­blito situado entre Naza­ret y Haifa, en Pales­tina. Sus padres, muy cre­yen­tes, no con­se­guían tener hijos y pidie­ron a la Virgen María la gracia de tener una niña. Para ello fueron en pere­gri­na­ción a Belén. Su ora­ción fue escu­chada pues 9 meses des­pués ten­drán una niña, Mariam, y un año más tarde nacerá su her­ma­nito: Bulos. Cuando Mariam tenía 3 años, su padre antes de morir la confía a San José, pidién­dole que desde ahora sea su padre. Algu­nos días des­pués, su madre muere de tris­teza a causa de la muerte de su marido.

A pesar de las prue­bas, Mariam fue muy mar­cada por su infan­cia en Gali­lea. La belleza de la crea­ción, la luz, los pai­sa­jes, todo le habla de Dios. Ella guar­dará toda su vida su alma orien­tal, la fres­cura de su cul­tura, una cul­tura en donde fe e iden­ti­dad son la misma cosa, en donde lo natu­ral y lo sobre­na­tu­ral son fami­lia­res, en donde todo puede ser una puerta hacia lo invi­si­ble.

A los 21 años entra al Car­melo de Pau (Fran­cia) y recibe el nombre de Mariam de Jesús Cru­ci­fi­cado, e insis­tió para ser her­mana con­versa sin­tién­dose más a gusto en los ser­vi­cios sen­ci­llos y teniendo difi­cul­tad para reci­tar el oficio debido a su igno­ran­cia de la lec­tura. El aban­dono y la humil­dad mode­la­ron toda su exis­ten­cia. Su vida fue un tes­ti­mo­nio de la belleza de una vida ofre­cida en la inti­mi­dad con Cristo, deján­dose llevar por la acción del Espí­ritu Santo con una sim­pli­ci­dad de niña. “Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Siento que todas las crea­tu­ras, los árbo­les, las flores son de Dios y tam­bién son mías. Yo qui­siera un cora­zón más grande que el uni­verso”.

Para el mundo de hoy y par­ti­cu­lar­mente para Oriente des­truido por la guerra, pero glo­ri­fi­cado por el tes­ti­mo­nio de sus már­ti­res, ella es un signo de espe­ranza, un lla­mado a ape­garse a esta tierra en la fide­li­dad a sus raíces. Es el lla­mado que Juan Pablo II lan­zaba a todos los cris­tia­nos de Oriente el día de su bea­ti­fi­ca­ción: “Es este vues­tro honor. Les animo a guar­dar y a mani­fes­tar vues­tro apego indes­truc­ti­ble a esta tierra que es de uste­des, en donde tienen sus raíces, como Mariam Baouardy. ¡Que la bie­na­ven­tu­rada María de Jesús Cru­ci­fi­cado les acom­pañe en este camino difí­cil!”

Extrac­tos de un artículo de Hna Josette en el blog en fran­cés: Terre de com­pas­sion


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