• 26 de agosto de 2013
es

Que María nos enseñe a ser discípulo

© Arcabas

Ahora diri­gi­mos nues­tra mirada a la Madre del cielo, la Virgen María. En estos
días, Jesús les ha repe­tido con insis­ten­cia la invi­ta­ción a ser sus dis­cí­pu­los misio­ne­ros;
han escu­chado la voz del Buen Pastor que les ha lla­mado por su nombre y han
reco­no­cido la voz que les lla­maba (cf. Jn 10,4). ¿No es verdad que, en esta voz que ha
reso­nado en sus cora­zo­nes, han sen­tido la ter­nura del amor de Dios? ¿Han per­ci­bido la
belleza de seguir a Cristo, juntos, en la Igle­sia? ¿Han com­pren­dido mejor que el
evan­ge­lio es la res­puesta al deseo de una vida toda­vía más plena? (cf. Jn 10,10).

La Virgen Inma­cu­lada inter­cede por noso­tros en el Cielo como una buena madre que
cuida de sus hijos. Que María nos enseñe con su vida qué sig­ni­fica ser dis­cí­pulo
misio­nero. Cada vez que reza­mos el Ange­lus, recor­da­mos el evento que ha cam­biado
para siem­pre la his­to­ria de los hom­bres. Cuando el ángel Gabriel anun­ció a María que
iba a ser la Madre de Jesús, del Sal­va­dor, ella, aun sin com­pren­der del todo el
sig­ni­fi­cado de aque­lla lla­mada, se fió de Dios y res­pon­dió: «He aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu pala­bra» (Lc 1,38).
Pero, ¿qué hizo inme­dia­ta­mente des­pués? Des­pués de reci­bir la gracia de ser la Madre del Verbo encar­nado, no se quedó con aquel don; marchó, salió de su casa y se fue rápi­da­mente a ayudar a su pariente Isabel, que tenía nece­si­dad de ayuda (cf. Lc 1,38-39); rea­lizó un gesto de amor, de cari­dad, de ser­vi­cio con­creto, lle­vando a Jesús en su seno. Y este gesto lo hizo
dili­gen­te­mente.

Que­ri­dos amigos, éste es nues­tro modelo. La que ha reci­bido el don más pre­cioso de
parte de Dios, como primer gesto de res­puesta se pone en camino para servir y llevar a
Jesús. Pida­mos a la Virgen que nos ayude tam­bién a noso­tros a llevar la ale­gría de
Cristo a nues­tros fami­lia­res, com­pa­ñe­ros, amigos, a todos. No tengan nunca miedo de
ser gene­ro­sos con Cristo. ¡Vale la pena! Salgan y vayan con valen­tía y gene­ro­si­dad,
para que todos los hom­bres y muje­res encuen­tren al Señor.

Papa Francisco, Angelus de la JMJ 2013

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