• 13 de febrero de 2012
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«Maiky soy yo, con algunos años de ventaja» - Testimonio de Jorge

Jorge con Christel y Cristofer, Ecuador 2012

Jorge, en misión en el Punto Cora­zón de Ecua­dor, nos com­parte una fuerte expe­rien­cia de amis­tad vivida con Maiky en su carta de Febrero de 2012:

Quiero pre­sen­tar­les a un amigo, se llama Maiky. Tiene 9 años y hacia dos años que no vivía en Gua­ya­quil sino en otra ciudad. Hace pocos meses regresó a vivir a la Isla por el tra­bajo de su mamá. La pri­mera vez que llegó al Punto fue increí­ble, porque no tenía idea qué era este lugar, quié­nes éramos noso­tros ni qué hacía­mos; tenía un aspecto desa­li­neado, todo sucio y con la ropa rota. Nos encon­tró rezando el rosa­rio y entró con sus her­ma­nos y primos, se sentó a mi lado y sin espe­rar un minuto comenzó a hacerme pre­gun­tas: “¿qué hacen uste­des? ¿Me pueden lavar la ropa? ¿Me ense­ñas a leer? ¡Yo quiero apren­der! ¿Me das un mango? ¡Agua... quiero agua!”. Con tantas pre­gun­tas y ni un espa­cio para res­pon­derle, me di cuenta de la “Sed” de Maiky, sed de cui­dado, de aten­ción. Pero al no ir a la escuela ni tener el cui­dado debido de un niño de su edad, es muy difí­cil de tratar, es bas­tante bruto con los demás niños, es un poco ani­ñado, no obe­dece a nada, así que las per­ma­nen­cias con él son un desa­fío, golpea, se esconde abajo de la mesa, llora, grita, etc.

En gene­ral se porta tan mal que nunca lo elijo para ayu­darme a orde­nar o a coci­nar cuando ter­mina la per­ma­nen­cia, pero un día dije: “hoy me va a ayudar Ale­xan­der y Maiky”. Ese día él se escon­dió debajo de la mesa, como los demás días, cuando le ofrecí la escoba para que me ayude salió corriendo y se com­portó exac­ta­mente como los demás días, sin dete­nerse a pensar que esta vez el se que­da­ría con­migo como quería y los demás sal­drían de la casa. En ese momento me dieron ganas de gol­pearme la cabeza contra la pared: “pero enton­ces, ¡¡¡¿­qué es lo que quiere?!!!”, me pre­gunté. En rea­li­dad nadie lo había tenido en cuenta, y él no tenía idea de cómo reac­cio­nar a mi pro­puesta de ayu­darme. Nadie le había dicho «qué­date», en gene­ral le dicen “¡vete!”. Era su pri­mera expe­rien­cia de mise­ri­cor­dia.

Cuando lo entendí me puse a llorar, porque me di cuenta de cuan­tas veces Dios debe haber que­rido gol­pearse la cabeza contra la pared por mí, porque yo sin enten­der su mise­ri­cor­dia me he escon­dido debajo de la mesa, he gri­tado o llo­rado, he corrido. Maiky soy yo, con algu­nos años de ven­taja. Es cierto, la mise­ri­cor­dia no es un don fácil de enten­der, de acep­tar. Pero es un don pre­cioso de un Dios que nos ama pro­fun­da­mente. La misión es hacerle cono­cer ese amor a Maiky.


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