• 16 de junio de 2011
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Luz del Oriente

Des­pués del Líbano en el 2007, hace pocos días tam­bién el Punto Cora­zón de Alep en Siria tuvo que cerrar sus puer­tas pro­vi­so­ria­mente. El último pun­tito de luz que nos per­mite alcan­zar nues­tros her­ma­nos de las Igle­sias orien­ta­les se encuen­tra ahora en Europa del Este, con el Punto Cora­zón de Ucra­nia.

En la espera de poder volver a encon­trar el rostro de nues­tros amigos, y en signo de espe­ranza, he aquí algu­nas líneas de la mag­ní­fica carta apos­tó­lica de Juan Pablo II, Orien­tale Lumen.

En esta carta, el Beato Juan Pablo II alude a la belleza de la litur­gia orien­tal. Al hecho de que la litur­gia está hecha para todo el hombre y para todo el cosmos.

Para todos los volun­ta­rios que tuvie­ron la dicha de gustar de esta expe­rien­cia, para todos nues­tros amigos obis­pos, sacer­do­tes, con­sa­gra­dos, para todas las per­so­nas con las cuales hemos rezado durante todos estos años y con quie­nes qui­sié­ra­mos tanto estar reu­ni­dos, he aquí estas líneas de reco­no­ci­miento y gra­ti­tud.

"…En la expe­rien­cia litúr­gica, Cristo Señor es la luz que ilu­mina el camino y revela la trans­pa­ren­cia del cosmos, pre­ci­sa­mente como en la Escri­tura. Los acon­te­ci­mien­tos del pasado encuen­tran en Cristo sig­ni­fi­cado y ple­ni­tud, y la crea­ción se revela como lo que es: un con­junto de rasgos que úni­ca­mente en la litur­gia encuen­tran su ple­ni­tud, su des­tino com­pleto. Por eso, la litur­gia es el cielo en la tierra y en ella el Verbo que asumió la carne pene­tra la mate­ria con una poten­cia­li­dad sal­ví­fica que se mani­fiesta de forma plena en los sacra­men­tos: allí la crea­ción comu­nica a cada uno la poten­cia que le ha otor­gado Cristo. Así, el Señor, inmerso en el Jordán, trans­mite a las aguas un poder que las capa­cita para ser baño de rege­ne­ra­ción bau­tis­mal.

En este marco la ora­ción litúr­gica en Oriente mues­tra gran capa­ci­dad para impli­car a la per­sona humana en su tota­li­dad: el Mis­te­rio es can­tado en la subli­mi­dad de su con­te­nido, pero tam­bién en el calor de los sen­ti­mien­tos que sus­cita en el cora­zón de la huma­ni­dad sal­vada. En la acción sagrada tam­bién la cor­po­rei­dad está con­vo­cada a la ala­banza, y la belleza, que en Oriente es uno de los nom­bres con que más fre­cuen­te­mente se suele expre­sar la divina armo­nía y el modelo de la huma­ni­dad trans­fi­gu­rada, se mues­tra por doquier: en las formas del templo, en los soni­dos, en los colo­res, en las luces y en los per­fu­mes. La larga dura­ción de las cele­bra­cio­nes, las con­ti­nuas invo­ca­cio­nes, todo expresa un pro­gre­sivo ensi­mis­marse en el mis­te­rio cele­brado con toda la per­sona. Y así la ple­ga­ria de la Igle­sia se trans­forma ya en par­ti­ci­pa­ción en la litur­gia celeste, anti­cipo de la bie­na­ven­tu­ranza final. […] A quien busca una rela­ción de autén­tico sig­ni­fi­cado con­sigo mismo y con el cosmos, tan a menudo aún des­fi­gu­rado por el egoísmo y la avidez, la litur­gia le revela el camino hacia el equi­li­brio del hombre nuevo y le invita a res­pe­tar la poten­cia­li­dad euca­rís­tica del mundo creado: está des­ti­nado a ser asu­mido en la Euca­ris­tía del Señor, en su Pascua pre­sente en el sacri­fi­cio del altar…"
(Juan Pablo II, mayo de 1995, Orientale Lumen, n° 11)


Hna. Inés

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