• 6 de octubre de 2016
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“La Lourdes de Oriente”: Nuestra Señora de la Salud de Velannkani.

Grupo peregrinos 29 de agosto de 2016

Adrian, joven san­ta­fe­sino de misión con Puntos Cora­zón en India, nos relata la increí­ble expe­rien­cia espi­ri­tual de esta pere­gri­na­ción de 350 km junto a su nuevo pueblo.

La Virgen de Velann­kani se loca­liza en la costa sureste de la India, a ori­llas del Golfo de Ben­gala a 350 km al sur de Madrás (Chen­nai), capi­tal de la pro­vin­cia “Tamil Nadû”. El san­tua­rio eri­gido allí data del año 1560. Anual­mente acuden más de 20 millo­nes de pere­gri­nos de toda la India y del Sudo­este asiá­tico.

La his­to­ria de este san­tua­rio comenzó por una serie de apa­ri­cio­nes y mila­gros de la Virgen. En un prin­ci­pio a un joven pastor hindú; se le pre­sentó con su pequeño Hijo en brazos. El lugar del hecho se con­vir­tió en un lugar de devo­ción popu­lar.
Luego de algu­nos años, se hizo pre­sente a un niño lisiado inca­paz de cami­nar, nue­va­mente con su Hijo en brazos. Al mismo le encargó visi­tar a un caba­llero cató­lico para pedirle que cons­truya en aquel lugar una capi­lla en su nombre. Nues­tra Señora le ordenó que se levan­tara y cami­nara. Asom­brado al cons­ta­tar que sus pier­nas habían recu­pe­rado fuerza y movi­miento corrió hasta la casa del hombre. El mismo lo reci­bió con gusto y con­sin­tió de inme­diato los deseos de la Virgen cons­tru­yendo una humilde capi­lla.

En el mismo siglo suce­dió otro mila­gro: un grupo de comer­cian­tes por­tu­gue­ses nave­ga­ban desde China con rumbo a Sri Lanka (país con­ti­guo de India) fueron víc­ti­mas de una feroz tor­menta. Supli­cando el auxi­lio de María pro­me­tie­ron cons­truir una igle­sia en su honra don­de­quiera que dese­m­bar­ca­sen si con­ser­va­ban la vida. Así la tor­menta cesó y toca­ron tierra en Velann­kani. Un grupo de pes­ca­do­res los con­du­je­ron hasta la capi­lla. Allí fue donde comen­za­ron la cons­truc­ción del edi­fi­cio; y a lo largo de sus vidas hicie­ron varios viajes al mismo lugar para enri­que­cer la igle­sia. Hasta el día de hoy se puede apre­ciar el viejo y gigan­tesco mástil del navío por­tu­gués plan­tado a un lado de la Basí­lica.

350 km de pere­gri­na­ción

Comen­za­mos la pere­gri­na­ción desde casa a las 4.30 de la mañana, sin siquiera un rayo de luz en las calles dor­mi­das de la ciudad, con rumbo fijo a nues­tra parro­quia para la cele­bra­ción de la misa, que dio inicio a nues­tro camino hacia nues­tra Sra. de Velann­kani.

Luego de la Misa par­ti­mos con la salida del sol a nues­tras espal­das, siendo un día claro y des­pe­jado. Calles aba­rro­ta­das de autos, colec­ti­vos, tran­seún­tes. Comen­zar desde el cora­zón de la capi­tal de esta pro­vin­cia tuvo su efecto: miles de per­so­nas fueron tes­ti­gos de este acto de fe. A medida que avan­zá­ba­mos las pri­me­ras horas desde las entra­ñas de la ciudad; ésta se nos pre­sen­taba inerte e indi­fe­rente…cami­nando en las calles y ave­ni­das notá­ba­mos un mundo que bri­llaba por su coti­dia­nei­dad y mun­da­ni­dad diaria, sin inmu­tarse frente a nues­tro andar. En grupos de 6 u 8 pronto nos con­ver­ti­ría­mos en cien­tos al caer la pri­mera noche y miles con el correr de los días.

Con el pasar de las horas esto empezó a cam­biar: pues­tos en dis­tin­tas esqui­nas donando ali­men­tos y agua, gente que nos dete­nía y pedía ora­ción por sus fami­lias; y hasta algu­nos entre­gando dinero para ofre­cer como limosna en la igle­sia. Desde el inicio a cada rato escu­chá­ba­mos:”Marie Vargué!” (Ave María!) A lo cual res­pon­día­mos de igual manera. Este grito pro­ve­nía de pere­gri­nos, veci­nos, y gente que pasaba. Nos acom­pañó en todo el tra­yecto.

Día a día más per­so­nas sur­gían y se suma­ban en el mismo sen­tido y direc­ción: poco a poco las rutas eran ocu­pa­das hasta la mitad por miles de noso­tros; éramos una sola causa, un solo pueblo. Por las noches des­can­sá­ba­mos en patios de escue­las, igle­sias y salo­nes; aunque en gene­ral los pere­gri­nos pasa­ban la noche en las calles, gale­rías, vere­das, par­ques y plazas.

Diez días de pere­gri­na­ción; tiempo de ora­ción per­so­nal y en comu­ni­dad, con el único obje­tivo en mente a cada momento: encon­trar­nos al tér­mino de esta gran aven­tura a los pies de nues­tra Madre. El can­san­cio, el rezo de cada decena del Rosa­rio, el calor, las char­las, y perío­dos de silen­cio fueron el ali­mento com­par­tido en comu­ni­dad a toda hora. La volun­tad y el ánimo de con­ti­nuar resi­die­ron en ello. Tres­cien­tos cin­cuenta kiló­me­tros entre­ga­dos a María en los cuales cada paso se fue con­vir­tiendo en una inten­ción: por un amigo, por un fami­liar, por nues­tros her­ma­nos/as en fe, por la huma­ni­dad en sí misma.

María Madre Uni­ver­sal

El camino fue com­par­tido tam­bién con des­co­no­ci­dos: grupos de amigos, movi­mien­tos parro­quia­les, fami­lias ente­ras con sus hijos inclu­sive, per­so­nas soli­ta­rias sin más equi­paje que lo puesto, un bastón, des­cal­zos y con un trozo de tela para cubrirse del sol. Esta hete­ro­ge­nei­dad se reflejó asi­mismo en las reli­gio­nes: cris­tia­nos, hin­dúes, jai­mis­tas, shiks y parsis. Sor­pren­dido al saber que la mayo­ría eran hin­dúes.

Y así fueron pasando los días, y ya casi sin­tién­do­nos en brazos de nues­tra Madre; cami­na­mos los últi­mos 5 km desde el lado este de la igle­sia a la cual nos diri­gía­mos, sobre la orilla de playa. A menos de 1 km pudi­mos avis­tar las torres de la Basí­lica. Es tra­di­ción ponerse de rodi­llas sobre la arena en este sitio, dar gra­cias por haber lle­gado al tramo final, enco­men­dar inten­cio­nes, y dis­po­nerse al izado de la ban­dera con la imagen de la Virgen al llegar.

En este punto cual­quier tipo de dolor, can­san­cio o moles­tia pasa a un segundo plano: sólo nos importa llegar a Sus pies y cul­mi­nar así tan larga y ardua pere­gri­na­ción. Espe­rando para ver fla­mear su imagen en una ban­dera gigante frente a miles de fieles y devo­tos suyos. Ya no se escu­chan más ora­cio­nes, char­las, ni comen­ta­rios…solo el grito a viva voz e impe­rante en las gar­gan­tas de miles:”Marie Vargué!; Marie Vargué!”.

La atmós­fera se impregna de esta sed por verla y un deseo fer­viente de final­mente dejar­nos abra­zar por Ella. De repente mi mente sólo puede pensar en Ella y me digo a mí mismo: ¡Qué dis­tinto que sería el mundo si todos reci­bié­ra­mos y cono­cié­ra­mos este amor de Madre! Amor sin lími­tes ni fron­te­ras, que recibe a todos sin dis­cri­mi­nar edad, género ni reli­gión; a todos por igual.

Y el momento llegó: su mirada nos ilu­mina desde las altu­ras en su ban­dera; su paz nos alcanza y envuelve, su inter­ce­sión por noso­tros se con­suma. Per­ci­bir su pre­sen­cia y actuar en nues­tras vidas; en esta gran mues­tra de fe ha cul­ti­vado la espe­ranza y mi razón de mi ser cris­tiano en estos días.

En lo per­so­nal ha sido una expe­rien­cia que me ha tocado y trans­for­mado. Puedo con­cluir que Ella nos pro­puso algo mara­vi­lloso y enorme en estos días: nos invitó a una con­ver­sión del cora­zón.


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