• 26 de agosto de 2013
es

La Iglesia según el corazón del Papa Francisco

de P. Paul A.

Una cosa es cierta, no pode­­mos culpar al Papa Fra­n­­cisco de no tener el sen­­tido de la rea­­li­­dad, o de igno­­rar las debi­­li­­da­­des de su Igle­­sia. Esto quedó de mani­­fiesto cla­­ra­­mente durante los últi­­mos días durante su viaje apo­s­­tó­­lico a Brasil, y en par­­ti­­cu­­lar en su dis­­curso a los obi­s­­pos bra­­si­­le­­ños. En res­­puesta a la pro­­funda inquie­­tud de la Igle­­sia Cató­­lica bra­­si­­leña, quien desde algu­­nos años ha visto el número de sus fieles dis­­mi­­nuir de manera dra­­má­­tica, el Papa Fra­n­­cisco medita sobre el Eva­n­­ge­­lio de los dis­­cí­­pu­­los de Emaús y refle­­xiona sobre las causas de estas dese­r­­cio­­nes y la dece­p­­ción que ori­­gi­­nan.

Tal vez la Igle­­sia se ha mos­­trado dema­­siado débil, dema­­siado lejana de sus nece­­si­­da­­des, dema­­siado pobre para res­­po­n­­der a sus inquie­­tu­­des, dema­­siado fría para con ellos, dema­­siado auto­­rre­­fe­­re­n­­cial, pri­­sio­­nera de su propio len­­guaje rígido; tal vez el mundo parece haber con­­ve­r­­tido a la Igle­­sia en una reli­­quia del pasado, insu­­fi­­ciente para las nuevas cue­s­­tio­­nes; quizás la Igle­­sia tenía res­­pue­s­­tas para la infa­n­­cia del hombre, pero no para su edad adulta«. Si el Papa Fra­n­­cisco invita a los obi­s­­pos, si él nos invita a todos a escu­­char estas crí­­ti­­cas»con coraje«, no es por gusto a la auto­­fla­­ge­­la­­ción, sino porque las razo­­nes de estas dese­r­­cio­­nes »con­­tie­­nen en sí mismas tam­­bién las razo­­nes de un posi­­ble regreso". En cuanto aque­­llas expre­­san los anh­­e­­los más pro­­fu­n­­dos del cora­­zón humano –anh­­e­­los de res­­pue­s­­tas, de luz y de ter­­nura-, estas crí­­ti­­cas nos instan a reco­­no­­cer y mos­­trar el ver­­da­­dero rostro de la Igle­­sia.

Ese rostro, es el rostro de María, a quien el Papa Fra­n­­cisco ha hecho refe­­re­n­­cia nume­­ro­­sas veces, espe­­cia­l­­mente durante su visita al san­­tua­­rio mariano de Apa­­re­­cida. En María «con­­ce­­bida sin pecado ori­­gi­­nal» se «refleja» la belleza de Dios. La belleza de María, que reside en la per­­fe­c­­ción de su vida de fe, de espe­­ranza y de amor, es el fun­­da­­mento y la clave de la ecle­­sio­­lo­­gía desa­­rro­­llada por Papa Fra­n­­cisco durante su viaje. Haciendo hin­­ca­­pié en que «María es más impo­r­­tante que los obi­s­­pos», el Papa no hace una con­­ce­­sión a los pri­n­­ci­­pios de rei­­vi­n­­di­­ca­­cio­­nes femi­­ni­s­­tas, sino más bien él afirma una pre­­misa fun­­da­­me­n­­tal de la ecle­­sio­­lo­­gía cató­­lica, en virtud de la cual el primer aspecto en la Igle­­sia no es la dime­n­­sión ins­­ti­­tu­­cio­­nal, sino la dime­n­­sión mariana. La Igle­­sia se define pri­n­­ci­­pa­l­­mente como «Esposa, madre, ser­­vi­­dora». Al ale­­jarse de esta voca­­ción pri­­mera, la Igle­­sia «cae en el fun­­cio­­na­­lismo, [...] y ter­­mina siendo admi­­ni­s­­tra­­dora» dejando de ser una esposa y lle­­gando a ser esté­­ril, inca­­paz de enge­n­­drar. A la luz de las ense­­ña­n­­zas del Papa Fra­n­­cisco y siguiendo su ya famoso método de los «tres puntos», ade­n­­tré­­mo­­nos en el sen­­tido de lo que sig­­ni­­fica e implica con­­cre­­ta­­mente esta triple misión de la Igle­­sia, lla­­mada a ser ser­­vi­­dora, madre y esposa.

La Igle­­sia es ser­­vi­­dora, o dicho de otro modo, y con la pala­­bra que puntúa todo el dis­­curso del Papa durante su viaje, que ella es «misio­­nera». Es bello ver que para el Papa la misión no es un capí­­tulo opcio­­nal de la vida cri­s­­tiana, o un «aña­­dido» al que acce­­den los que ya han alca­n­­zado una madu­­rez espi­­ri­­tual sufi­­ciente. Al con­­tra­­rio, se ins­­cribe como fun­­da­­mento de la ide­n­­ti­­dad cri­s­­tiana, y funda el ser mismo de la Igle­­sia. El cri­s­­tiano, nos dice el Papa, es un «des­­ce­n­­trado» – y jugando con las pala­­bras, podría­­mos decir: un excé­n­­trico. «El centro es Jesu­­cristo, que nos llama y envía. El dis­­cí­­pulo esta enviado a las peri­­fe­­rias exi­s­­te­n­­cia­­les.»

Esta imagen de la peri­­fe­­ria, tan que­­rida por el Papa Fra­n­­cisco, nos recuerda que su pri­n­­ci­­pal preo­­cu­­pa­­ción, en cuanto pastor uni­­ve­r­­sal, es la oveja per­­dida, fuera del rebaño. Y su deseo más urgente es lle­­va­r­­nos a com­­pa­r­­tir su preo­­cu­­pa­­ción, para que nue­s­­tros cora­­zo­­nes con­­mo­­vi­­dos al uní­­sono con el suyo se tornen natu­­ra­l­­mente y pro­n­­ta­­mente hacia los que sufren. Es con un pro­­fundo dolor que con­s­­ta­n­­te­­mente vuelve al sufri­­miento de nue­s­­tros con­­te­m­­po­­rá­­neos: «La pér­­dida del sen­­tido de la vida, la desi­n­­te­­gra­­ción per­­so­­nal, la pér­­dida de la expe­­rie­n­­cia de per­­te­­ne­­cer a un “nido”, la vio­­le­n­­cia sutil pero impla­­ca­­ble, la rup­­tura interna y la fra­c­­tura en las fami­­lias, la sole­­dad y el aba­n­­dono, las divi­­sio­­nes y la inca­­pa­­ci­­dad de amar, de per­­do­­nar, de com­­pre­n­­der, el veneno inte­­rior que hace la vida un infierno, la nece­­si­­dad de ter­­nura porque uno se siente tan inca­­paz e infe­­liz, los inte­n­­tos falli­­dos de enco­n­­trar res­­pue­s­­tas en la droga, en el alcohol, en el sexo se con­­vi­r­­tie­­ron en nuevas cár­­ce­­les...». Y con­­cluye: «La sen­­sa­­ción de aba­n­­dono y de sole­­dad, de no per­­te­­ne­­cerse ni siquiera a sí mismos, que emerge a menudo en esta situa­­ción es dema­­siado dolo­­rosa para aca­­llarla.»

La Igle­­sia ha de enfre­n­­tarse con­s­­ta­n­­te­­mente a este sufri­­miento que toca a nue­s­­tras pue­r­­tas con ros­­tros muy con­­cre­­tos. «Hoy en día, hace falta una Igle­­sia capaz de aco­m­­pa­­ñar, de ir más allá del mero escu­­char; una Igle­­sia que aco­m­­pañe en el camino ponié­n­­dose en marcha con la gente; una Igle­­sia que pueda des­­ci­­frar esa noche que entraña la fuga de Jeru­­sa­­lén de tantos her­­ma­­nos y her­­ma­­nas... Qui­­siera que hoy nos pre­­gu­n­­tá­­ra­­mos todos: ¿Somos aún una Igle­­sia capaz de infla­­mar el cora­­zón? ¿Una Igle­­sia que pueda hacer volver a Jeru­­sa­­lén? ¿De aco­m­­pa­­ñar a casa?»

La Igle­­sia es Madre. “Qui­­siera reco­r­­dar que “pa­s­­to­­ral” no es otra cosa que el eje­r­­ci­­cio de la mate­r­­ni­­dad de la Igle­­sia. La Igle­­sia da a luz, ama­­manta, hace crecer, corrige, ali­­menta, lleva de la mano…”. Sólo una pre­­se­n­­cia mate­r­­nal es capaz de con­­so­­lar, leva­n­­tar y llevar a la oveja per­­dida. “Se requiere, pues, una Igle­­sia capaz de rede­s­­cu­­brir las entra­­ñas mate­r­­nas de la mise­­ri­­co­r­­dia. Sin la mise­­ri­­co­r­­dia, poco se puede hacer para inse­r­­tarse en un mundo de “he­­ri­­dos” que nece­­si­­tan com­­pre­n­­sión, perdón y amor.” El Papa nos advierte contra la ten­­ta­­ción cle­­ri­­cal de las pas­­to­­ra­­les ela­­bo­­ra­­das en salas de reu­­nio­­nes, de pas­­to­­ra­­les “ale­­ja­­das” que él des­­cribe sin con­­ce­­sio­­nes como «pas­­to­­ra­­les dis­­ci­­pli­­na­­rias que pri­­vi­­le­­gian los pri­n­­ci­­pios, las con­­du­c­­tas, los pro­­ce­­di­­mie­n­­tos orga­­ni­­za­­ti­­vos… por supuesto sin cer­­ca­­nía, sin ter­­nura, sin cari­­cia. Se ignora la ‘revo­­lu­­ción de la ter­­nura’ que pro­­vocó la enca­r­­na­­ción del Verbo”. Durante estas cha­r­­las, el Papa men­­cionó tres impli­­ca­­cio­­nes prá­c­­ti­­cas de esta»misión mate­r­­nal": la pro­­xi­­mi­­dad, el tiempo y la sen­­ci­­llez.

La ese­n­­cia materna de la misión de la Igle­­sia implica que se viva pri­n­­ci­­pa­l­­mente en la rela­­ción de afecto con­­creto que nace entre dos per­­so­­nas. El Papa lo expli­­cita con la imagen rele­­vante de la carrera de rele­­vos: «es deci­­sivo reco­r­­dar que un legado es como el tes­­tigo, la posta en la carrera de rele­­vos: no se lanza al aire y quien con­­si­­gue aga­­rrarlo, bien, y quien no, se queda sin él. Para tran­s­­mi­­tir el legado hay que entre­­garlo per­­so­­na­l­­mente, tocar a quien se le quiere dar, tran­s­­mi­­tir este patri­­mo­­nio.» En su dis­­curso a los obi­s­­pos, el Papa Fra­n­­cisco insiste en el hecho de que lo que la Igle­­sia más nece­­sita en este momento son «mini­s­­tros capa­­ces de ena­r­­de­­cer el cora­­zón de la gente, de cami­­nar con ellos en la noche.» Dicho de otra manera, mini­s­­tros con un cora­­zón de madre, un cora­­zón que se inclina sobre el sufri­­miento, que se queda de pie junto a la cruz. Un cora­­zón que escu­­cha.

Un aspecto de la misión mate­r­­nal implica saber tomarse el tiempo. Porque hace falta tiempo para entrar en el sufri­­miento de una per­­sona, para entrar como Moisés, con el res­­peto del que se quita las san­­da­­lias. Se nece­­sita tiempo para que la mise­­ri­­co­r­­dia se derrame como un bál­­samo que len­­ta­­mente corra por las heri­­das abie­r­­tas, dolo­­ro­­sas. Se nece­­sita tiempo para que el alma magu­­llada acepte ser ayu­­dada y abra­­zada. Se nece­­sita tiempo para que ella se levante. A veces se nece­­si­­tan años para que flo­­rezca una ami­s­­tad libre y con­­fiada. “La Igle­­sia, ¿sabe toda­­vía ser lenta: en el tiempo, para escu­­char; en la pacie­n­­cia, para repa­­rar y recon­s­­truir? ¿O acaso tam­­bién la Igle­­sia se ve arra­s­­trada por el fre­­nesí de la efi­­cie­n­­cia? Recu­­pe­­re­­mos, que­­ri­­dos her­­ma­­nos, la calma de saber aju­s­­tar el paso a las posi­­bi­­li­­da­­des de los pere­­gri­­nos, al ritmo de su cami­­nar, la capa­­ci­­dad de estar sie­m­­pre cerca, para que puedan abrir un res­­qui­­cio en el dese­n­­canto que hay en su cora­­zón, y así poder entrar en él. Quie­­ren olvi­­darse de Jeru­­sa­­lén, donde están sus fue­n­­tes, pero ter­­mi­­nan por sen­­tirse sedie­n­­tos.”

Final­mente, esta misión mate­r­­nal requiere un cora­­zón sen­­ci­­llo, que no se sobre­­ca­r­­gue con tantos dis­­cu­r­­sos o estru­c­­tu­­ras. Al mirar a los pobres o a los pere­­gri­­nos del San­­tua­­rio de Apa­­re­­cida, el Papa encue­n­­tra un reco­r­­da­­to­­rio con­­mo­­ve­­dor de aque­­lla sen­­ci­­llez: «La gente sen­­ci­­lla sie­m­­pre tiene espa­­cio para albe­r­­gar el mis­­te­­rio. Tal vez noso­­tros hemos redu­­cido nue­s­­tro hablar del mis­­te­­rio a una expli­­ca­­ción racio­­nal; pero en la gente, al con­­tra­­rio, el mis­­te­­rio entra por el cora­­zón. En la casa de los pobres, Dios sie­m­­pre encue­n­­tra sitio». Que impo­r­­tante es que se tenga en cuenta lo siguiente: ser cri­s­­tiano es una cosa simple, es un movi­­miento sobre­­na­­tu­­ral que brota espo­n­­tá­­nea­­mente del cora­­zón con la misma sim­­pli­­ci­­dad y velo­­ci­­dad de un movi­­miento natu­­ral. "Dios pide que se le res­­guarde en la parte más cálida de noso­­tros mismos: el cora­­zón”. Cuando el cri­s­­tia­­nismo se aleja del cora­­zón, se aleja tam­­bién de Cristo. Ojalá nue­s­­tra fe guarde sie­m­­pre esta sen­­ci­­llez de las pala­­bras y de los gestos, esta sen­­ci­­llez que deja abierta la puerta al encue­n­­tro y a la ami­s­­tad, que sabe reco­­no­­cer y admi­­tir sim­­ple­­mente que el rey está des­­nudo, cuando de hecho esta des­­nudo, y “cu­­brir el mis­­te­­rio de la Virgen con el pobre manto de su fe”.

La Igle­­sia es esposa. La mate­r­­ni­­dad no se esta­­blece por decreto, ni tam­­poco resulta de un acto de la volu­n­­tad. La Igle­­sia, que defiende fir­­me­­mente esta verdad en el ámbito de la fami­­lia y de la bio­é­­tica, se olvida fáci­l­­mente que ella tam­­bién es ver­­da­­dera y ese­n­­cial en el ámbito espi­­ri­­tual. Sólo la esposa es fecunda. María es Madre de la Igle­­sia, porque fue la esposa tota­l­­mente entre­­gada a su Señor, la esposa que se ofrece y acoge. El cle­­ri­­ca­­lismo, que por como­­di­­dad renu­n­­cia a las exi­­ge­n­­cias y al dolor de la mate­r­­ni­­dad para poner su espe­­ranza en la ins­­ti­­tu­­ción, aba­n­­dona la posi­­ción de esposa y este­­ri­­liza la Igle­­sia. Las ten­­ta­­cio­­nes cle­­ri­­ca­­les de dar la vida «in vitro» (en la con­­ce­n­­tra­­ción de las salas de reu­­nión) están con­­de­­na­­das al fra­­caso: se puede en cierta medida con­­tro­­lar a la bio­­lo­­gía, pero no se puede con­­tro­­lar al Espí­­ritu Santo. Sólo par­­ti­­ci­­pan en el acto de enge­n­­dra­­miento de la Igle­­sia, aque­­llos y aque­­llas que se pre­­se­n­­tan como esposa ante el Señor, y que, a imagen de María, la humilde ser­­vi­­dora, siguen al Cor­­dero donde sea el que vaya, en las peri­­fe­­rias de Jeru­­sa­­lén, en la cumbre del Gól­­gota, al pie de la cruz.

Cuando ella par­­ti­­cipa de la misión de María, «esposa, madre y ser­­vi­­dora», la Igle­­sia tam­­bién par­­ti­­cipa de su belleza. ¡Qué bella es la Igle­­sia cuando es esposa y madre! Bella por la misma belleza de María. Bella con una belleza que brilla en la oscu­­ri­­dad del mundo como un faro en la noche, una belleza que le atrae, y con­­suela a los cora­­zo­­nes tri­s­­tes, desi­­lu­­sio­­na­­dos, dese­s­­pe­­ra­­dos. Deje­­mos las últi­­mas pala­­bras de esta breve medi­­ta­­ción ecle­­sio­­ló­­gica al Papa Fra­n­­cisco, que evoca el gesto de los peca­­do­­res de Apa­­re­­cida, quie­­nes hace tre­s­­cie­n­­tos años, des­­cu­­brie­­ron y alo­­ja­­ron en sus pro­­pios hoga­­res la imagen rota de una virgen negra res­­ca­­tada del agua. «Hay mucho que apre­n­­der de esta acti­­tud de los pes­­ca­­do­­res. Una igle­­sia que da espa­­cio al mis­­te­­rio de Dios; una igle­­sia que alberga en sí misma este mis­­te­­rio, de manera que pueda mara­­vi­­llar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atra­c­­ción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él des­­pierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio cora­­zón. Él des­­pierta en noso­­tros el deseo de llamar a los veci­­nos para dar a cono­­cer su belleza. La misión nace pre­­ci­­sa­­mente de este hechizo divino, de este estu­­por del encue­n­­tro. Habla­­mos de la misión, de Igle­­sia misio­­nera. Pienso en los pes­­ca­­do­­res que llaman a sus veci­­nos para que vean el mis­­te­­rio de la Virgen. Sin la sen­­ci­­llez de su acti­­tud, nue­s­­tra misión está con­­de­­nada al fra­­caso».

* Las cita­cio­nes pro­vie­nen de los dis­cur­sos del Santo Padre durante los encuen­tros con el Epis­co­pado del 27 de julio y con el Comité de coor­di­na­ción del CELAM el 28 de julio.


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