• 12 de diciembre de 2012
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¡La Fazenda do Natal festejó sus 20 años!

En 1992 lle­ga­ron los pio­ne­ros a una tierra toda­vía virgen domi­nada por la “Mata atlán­tica”, selva de la costa atlán­tica espe­cial­mente rica en varie­da­des de árbo­les.

Poco a poco lle­ga­ron niños en situa­cio­nes difí­ci­les, luego fami­lias, jóve­nes atraí­dos por la sim­pli­ci­dad de vida de ese lugar, y por su centro: la vida de inti­mi­dad con Dios. Diego y Apa­re­cida, dis­ca­pa­ci­ta­dos y aban­do­na­dos, encon­tra­ron tam­bién un lugar pri­vi­le­giado.
Para los volun­ta­rios lle­ga­dos de dife­ren­tes países de Amé­rica, de Europa, etc., como para los niños y las per­so­nas aco­gi­das, la expe­rien­cia de la com­pa­sión del her­mano o de la her­mana – com­pa­sión de Dios –es tan­gi­ble. Cada uno puede, a su ritmo, volver a des­cu­brir su dig­ni­dad y su valor infi­nito.

Hoy esa pequeña aldea de Puntos Cora­zón se engran­de­ció y acoge unas cua­renta per­so­nas en ocho casas. La vida fami­liar pro­puesta allí per­mite, a los que no tienen la posi­bi­li­dad de vivir en su propia fami­lia, de nacer de nuevo y de poder, a su vez, acoger a nume­ro­sas per­so­nas en bús­queda de des­canso, de amis­tad y de ora­ción.

Las imá­ge­nes que podrán ver a con­ti­nua­ción quie­ren ser un tes­ti­mo­nio de esos ros­tros que han vivido en la Fazenda dejando lo mejor de sí y que, al mismo tiempo, han lle­vado con­sigo un tesoro que les per­mite seguir su vida con fuerza y espe­ranza.

Caroline M.

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