• 7 de febrero de 2017
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Incendios en Chile

Valparaíso, enero 2017

Extracto de la carta de Andrés en misión en el Punto Cora­zón de Chile:

Desde hace ya casi un mes Chile está sufriendo enor­me­mente de los incen­dios que a lo largo de varias regio­nes están devo­rando bos­ques y pue­blos ente­ros. Miles de casas se han que­mado y ya son varios los que murie­ron com­ba­tiendo el fuego. Los bom­be­ros incan­sa­ble­mente desde el 2 de enero no han parado de com­ba­tir el fuego en dis­tin­tas zona y esto parece no ter­mi­nar más, se tuvo que soli­ci­tar avio­nes a otros países para refor­zar a los bom­be­ros que no dan abasto.

Uno de estos tantos incen­dios llegó bas­tante cerca de nues­tra casa, a un barrio al que per­te­nece a nues­tra Parro­quia, lla­mado Puer­tas Negras. Esta humilde pobla­ción que vivía en una que­brada perdió abso­lu­ta­mente todo lo que tenían; así que deci­di­mos sumar­nos a la Parro­quia y acom­pa­ñar al grupo que ayuda a los dam­ni­fi­ca­dos acer­cán­do­les comida, ayu­dando a sacar escom­bros y a con­ver­sar un poco con ellos para acom­pa­ñar­los en este momento tan difí­cil.

El primer día des­pués de que cesó el fuego deci­di­mos subir a la zona del incen­dio, sali­mos cami­nando hacia Puer­tas Negras.

Conocí a Evan­ge­lina. Ella es una madre de fami­lia que perdió abso­lu­ta­mente todo, salvo dos muñe­cas que alcanzó recu­pe­rar para su hija. En su fami­lia que­da­ron todos con la ropa puesta y a la deriva. Cuando me acer­qué a lle­varle comida comen­za­mos a hablar y con mucha espe­ranza nos con­taba cómo pla­neaba seguir los días siguien­tes. Muy agra­de­cida por nues­tra ayuda rápi­da­mente empezó a hablar­nos desde lo más sin­cero de su cora­zón sobre lo que le tocaba vivir. Antes de des­pe­dir­nos con mucha fe y como que­rién­do­nos expli­car por qué era que a ella le tocaba sufrir tanto, como que­rién­dole encon­trar frutos a su sufri­miento nos decía: “Todo esto pasa por algo, y yo creo que quizás sea nece­sa­rio que pasen cosas así para que el resto de la gente se dé cuenta de que el mundo, no sola­mente es SU MUNDO”. ¡Qué enorme su Fe! ¡Cuán­tas veces debe­ría haber car­gado mi cruz con esa Fe! ¿Será que tanto me falta crecer? ¡Real­mente quiero tener una Fe como la suya!


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