• 7 de diciembre de 2016
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Honduras: Lo que hay detrás del «señor de la basura»

De Anto­nia, misio­nera argen­tina en el Punto Cora­zón de Hon­du­ras:

Modesto es un señor de pelo blanco y cejas tupi­das, muy flaco, al que siem­pre vemos en un gran con­te­ne­dor de basura que hay cerca de nues­tra casa. Él pasa los días ahí, dentro del con­te­ne­dor, revol­viendo la basura para sacar plás­ti­cos y latas, o al cos­ta­dito sen­tado en una choza que se cons­truyó con unas made­ras, espe­rando que alguien llegue con nueva basura.

Al prin­ci­pio siem­pre lo veía­mos, pero nunca hablá­ba­mos con él. Hasta que un día, con la excusa de darle unas bote­llas de plás­tico que tenía­mos, empe­za­mos la con­ver­sa­ción. Al darle la mano, él me ofre­ció su muñeca, por “pena” (ver­güenza) de darme su mano sucia. Me dijo su nombre, me contó qué era lo que reco­lec­taba. Char­lando poco a poco me contó que tenía una casa, y resultó que era hijo de una señora muy vie­jita que noso­tros siem­pre visi­ta­mos, Doña Toia. Desde ese día cada vez que pasa­mos nos sonríe y saluda, alegre, y frena a veces un poco su bús­queda para “pla­ti­car” un ratito.

Hace unas sema­nas, una vecina nos avisó que Doña Toia estaba muy “ma­lita” (enferma) porque alguien entró a robarle, la golpeó y la dejó mal. Fuimos a su casa y la visi­ta­mos, en un cuar­tito dimi­nuto, com­ple­ta­mente lleno de cosas, tanto que casi no podía­mos estar junto a su cama. Ella estaba entre agra­de­cida y aver­gon­zada, porque no le gus­taba que vié­ra­mos esa parte de su casa. Estaba muy débil, casi no podía comer la comida y los tés que Modesto le pre­pa­raba. Tan débil, que a los días la inter­na­ron en el hos­pi­tal, donde toda­vía está, y a donde Modesto logró lle­varla sólo dicién­dole que iban de paseo a la Basí­lica de la Virgen de Suyapa (Patrona de Hon­du­ras).

Cada tarde él deja sus tareas y va a verla todo pro­lijo y lim­pito, y le lleva en una bol­sita de plás­tico algu­nos jugos para que tome. Fuimos con él algu­nas veces, para poder entrar (porque entrar al hos­pi­tal público para hacer visi­tas no es nada sen­ci­llo) y en medio de su pobreza él nunca nos dejó pagar el pasaje del colec­tivo, e incluso insis­tió en hacer­nos volver en taxi y pagarlo él. A mí me emo­ciona ver cómo Modesto, a pesar de pasar casi todo el día en la basura, nos mues­tra con peque­ños gestos, como el cui­dado de su madre, su aseo para ir a verla, lo del bus, que él nunca pierde la dig­ni­dad que Dios le dio desde un prin­ci­pio. Y me sor­prende ver todo lo que hay detrás de una per­sona que al prin­ci­pio era sola­mente “el señor de la basura”.


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