• 26 de agosto de 2013
es

Estados Unidos: Las muchachas de la Iglesia

de Nata­lia, en misión en el Punto Cora­zón de Broo­klyn:

La puerta se abre. La gran son­risa de Juliana, la señora que lo cuida, nos invita a entrar: “Tiene visi­tas, don Ramón”. Allí está: recos­tado, dor­mi­tando en el sofá del salón.
Nos sen­ta­mos una enfrente de él, la otra a su lado. Levanta la cabeza, pre­gunta per­dido: “¿Qué? ¿Quién?” - “Las mucha­chas de la Igle­sia.” , repite Juliana.
¡Qué bella defi­ni­ción! Es la Igle­sia entera que viene a su encuen­tro, don Ramón, a través de nues­tra simple visita.
“Yo no sé…. Yo… ¿qué voy a hacer? No sé.”
“Las mucha­chas de la Igle­sia”, repite más fuerte Juliana. “Es que no oye bien. Hay que hablarle duro,”, nos explica con su acento domi­ni­cano.
No tar­da­mos en notar que además de no oír bien, nues­tro abue­lito tam­poco ve. Sus pro­fun­dos ojos marro­nes están inmó­vi­les, como ausen­tes. “¡I­ma­gí­nate qué gran sole­dad!”, me susu­rra mi her­mana de comu­ni­dad. Sin ver, sin oír lo que pasa a su alre­de­dor, hay como un muro entre él y la rea­li­dad cir­cun­dante.
“¿Qué hago ahora?, ¿qué voy a hacer?” , comienza a decir en tono de llanto. Al igual que su oído, al igual que su vista, tam­bién su memo­ria lo ha aban­do­nado. En su cabe­cita cubierta de canas, el Alzh­ei­mer se ha ins­ta­lado, para que­darse.
“No sé… ¿qué voy a hacer? Ay Mamita, vení a bus­carme”, lloran sus labios, mien­tras su mano busca ase­gu­rarse de que hay alguien alre­de­dor. Leti­cia aprieta su mano dere­cha. Yo sos­tengo la izquierda. Don Ramón aprieta fuerte, fir­me­mente, cual niño que, sin­tién­dose per­dido en medio de una mul­ti­tud, sólo reco­bra sere­ni­dad y con­fianza cuando la mano de su mamá le devuelve la segu­ri­dad de una pre­sen­cia a su lado. Una pre­sen­cia que, mate­ria­li­zada a través de una simple mano ten­dida, grita en silen­cio: “No estás solo. Calma. Aquí estoy.”
¡Ah! ¡Mis­te­rio Inson­da­ble el de la Pre­sen­cia! Hace más de 23 años que la pro­cla­ma­mos, que la expe­ri­men­ta­mos de una y mil mane­ras, en las cul­tu­ras y los medios más diver­sos… que la men­di­ga­mos y que no esca­ti­ma­mos esfuer­zos para pro­di­garla. Y sin embargo, creo que mien­tras viva y res­pire nunca aca­baré de des­cu­brir sus mati­ces, de explo­rar sus pro­fun­di­da­des, de dejarme sor­pren­der por la sed inex­tin­gui­ble que la reclama ince­san­te­mente.


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