• 19 de junio de 2009
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¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal?

¿Quién puede abra­zar la vida con­sa­grada con­tando sólo con sus fuer­zas huma­nas?

La res­puesta del hombre a la lla­mada divina, (…) nunca se parece al cálculo mie­doso del siervo pere­zoso que por temor esconde el talento reci­bido en la tierra (cf. Mt 25, 14-30), (…). Sin abdi­car en ningún momento de la res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal, la res­puesta libre del hombre a Dios se trans­forma así en «corres­pon­sa­bi­li­dad», en res­pon­sa­bi­li­dad en y con Cristo, en virtud de la acción de su Espí­ritu Santo; se con­vierte en comu­nión con quien nos hace capa­ces de dar fruto abun­dante (cf. Jn 15, 5).

Emble­má­tica res­puesta humana, llena de con­fianza en la ini­cia­tiva de Dios, es el «Amén» gene­roso y total que la Virgen de Naza­ret, ha pro­nun­ciado (…) (cf. Lc 1, 38). Su «sí» inme­diato le per­mi­tió con­ver­tirse en la Madre de Dios, la Madre de nues­tro Sal­va­dor. María, des­pués de aquel primer «fiat», que tantas otras veces tuvo que repe­tir, hasta el momento cul­mi­nante de la cru­ci­fi­xión de Jesús, cuando «estaba junto a la cruz», como señala el evan­ge­lista Juan, siendo copar­tí­cipe del dolor atroz de su Hijo ino­cente. Y pre­ci­sa­mente desde la cruz, Jesús mori­bundo nos la dio como Madre y a Ella fuimos con­fia­dos como hijos (cf. Jn 19, 26-27). Madre espe­cial­mente de los sacer­do­tes y de las per­so­nas con­sa­gra­das. Qui­siera enco­men­dar a Ella a cuan­tos des­cu­bren la lla­mada de Dios para enca­mi­narse por la senda del sacer­do­cio minis­te­rial o de la vida con­sa­grada (…)

Benedicto XVI

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