• 10 de marzo de 2016
es

Dios se revela en nuestra frágil humanidad

Homi­lía de P Arnaud en la misa de envío de Anto­nia a Hon­du­ras, el 21 de Febrero del 2016 en la parro­quia NS de las Vic­to­rias de C.A.B.A.

Esta misa de envío es rea­li­zada en el domingo de la Trans­fi­gu­ra­ción. “Trans” sig­ni­fica “cam­biar” y la “fi­gura” es el rostro. Trans­fi­gu­rar sig­ni­fica enton­ces “cam­bio de rostro”. Jesús cambió su rostro delante de tres de sus dis­cí­pu­los. Tres dis­cí­pu­los hicie­ron una expe­rien­cia única: entra­ron en la verdad sobre el ser de este hombre lla­mado “Jesús de Naza­ret”. Ellos ya habían visto los mila­gros de Jesús, ya habían visto el poder que tenía sobre la mate­ria, pero ahora es el SER-DIOS de este hombre que pueden con­tem­plar. Se les revela quien es éste que tienen en frente y al mismo tiempo hacen una expe­rien­cia de la Tri­ni­dad (el Padre en la voz, el Hijo trans­fi­gu­rado, el Espí­ritu en la nube). Es algo increí­ble. “Quien me vio, vio al Padre”.

Y ¿tu misión Anto­nia? Es la misma: Que sea reve­lado el ser de Dios a través de tu frágil huma­ni­dad. Esta expe­rien­cia no es nueva, es la de 20 siglos de cris­tia­nismo, pero se repe­tirá con­tigo de modo único porque cada uno es único. Esta expe­rien­cia es la siguiente: lo divino pasa por lo humano. Cuando cami­na­rás por las calles de la Colo­nia, será Cristo que cami­nará en ti, cuando juga­rás con un niño es Cristo que estará a tu lado, cuando ense­ña­rás, es Cristo que pasará por tu boca…

Y ¿si lo olvi­das? Nues­tros amigos te lo recor­da­rán. Cuan­tas veces nues­tros amigos nos dicen “Dios nos visitó…” des­pués de un encuen­tro simple y sen­ci­llo adonde no hici­mos nada espe­cial sino escu­char. Me acuerdo de esta mujer en Perú que cui­daba de cerdos y que, cuando un día la invité a tomar un tecito, se largo a llorar y me dijo: “tengo 75 años, es la pri­mera vez en mi vida que alguien me invita a un té para mí y no para pedirme algo, el Señor es grande, ¡le doy gra­cias!”. En el té, en un té muy común, reco­no­ció la bondad de Dios.
Viene a mi mente tam­bién este encuen­tro en Colom­bia con una madre lucha­dora como hay tantas en nues­tros barrios. Des­pués de hablar con ella dos horas sobre todo y nada (porque con los pobres no habla­mos de la última ópera de Doni­zetti sino sobre el tiempo, la comida…) ella dijo a los volun­ta­rios: “ahora yo sé que Dios es padre y que nos ama”. Y los volun­ta­rios regre­sa­ban a la casa dicién­dose “pero si noso­tros ni le habla­mos de Dios o de pater­ni­dad…”
Los más pobres tienen una capa­ci­dad de con­tem­pla­ción sor­pren­dente. Ellos ven que atrás de ti hay alguien mayor que ti misma. Y que tú eres su emba­ja­dor.

Tal vez te pre­gun­ta­rás: “¿de dónde viene esta pre­sen­cia de Cristo que pasa a través de mi? ¿De mi?” No. “¿De mis esfuer­zos?” Nada de esto.
Viene prin­ci­pal­mente de la Euca­ris­tía. Por esto es tan impor­tante la Misa coti­diana. Porque lo que que­re­mos es dejar a Dios vivir en noso­tros. Le pres­ta­mos nues­tra huma­ni­dad y El la trans­fi­gura. Lo expe­ri­mentó San Pablo y se mara­vi­llaba: “no soy yo quien vivo, es Cristo que vive en mi”. Es lo increí­ble del cris­tia­nismo: lo divino pasa a través de lo humano. La buena noti­cia es que Él es capaz de pasar a través de lo humano frágil y peca­dor.

En fin me gus­ta­ría subra­yar que la trans­fi­gu­ra­ción está ligada a la pasión. Los tres dis­cí­pu­los hacen esta expe­rien­cia de la divi­ni­dad de Jesús para poder reco­no­cerlo en el momento del sufri­miento extremo, cuando Él, como dice Isaías, “no tenía más apa­rien­cia humana”.
La expe­rien­cia de la trans­fi­gu­ra­ción, tú estás tam­bién lla­mada a hacerla siendo capaz de reco­no­cer a Cristo en lo que se parece menos a Él. En algu­nos abue­los, en niños vio­len­tos, en tantos hom­bres can­sa­dos o aba­ti­dos. Que los ros­tros de ellos estén trans­fi­gu­ra­dos para ti no será nada auto­má­tico. A veces será fácil, a veces más com­pli­cado. Es una gracia.

Para acom­pa­ñarte en esta misión está el Espí­ritu Santo. Como una nube. El viene así como vino sobre María ayer y sobre los tres dis­cí­pu­los de la trans­fi­gu­ra­ción hoy: nos cubre con su sombra. La sombra es el con­tra­rio de la luz. Esto sig­ni­fica que más pro­funda es una acción en un hombre, menos se nota a los ojos de los otros. Aquí esta toda la dife­ren­cia con la efi­ca­cia. Esta si se ve. Y al Demo­nio le gusta mucho empu­jar­nos de este lado. Contar, hacer esta­dís­ti­cas, hacer núme­ros “he hablado con tantas per­so­nas”, “hice tantas inyec­cio­nes”, “he dado tantos kilos de comida…” El Espí­ritu Santo no está del lado de la efi­ca­cia visi­ble, está más bien del lado de la fecun­di­dad, del cambio inte­rior, de la luz que brilla en las tinie­blas. ¿Cómo contar una con­so­la­ción, como eva­luar dos horas al lado de un huér­fano?
Tu misión Anto­nia está del lado de la fecun­di­dad: que a través de ti nues­tros amigos puedan hacer un encuen­tro con Cristo vivo. Des­pués, el resto, lo hace el Espí­ritu Santo. Es Él que tra­baja en los cora­zo­nes.

Que­re­mos desearte Anto­nia que seas fuerte. ¡Sé valiente! Siem­pre recuerda que esta expe­rien­cia de Trans­fi­gu­ra­ción con Punto Cora­zón es un pri­vi­le­gio. Fue Dios quien te ha ele­gido. No tengas miedo, no es para dejarte cuando nece­si­ta­rás su fuerza. La gracia te será con­ce­dida, el pan de cada día no fal­tará si lo pides. Y no estás sola, esta misión se hace en comu­ni­dad. Que Dios hoy te de su paz en abun­dan­cia. Amén.


Volver