• 26 de septiembre de 2011
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«De la desolación a la Bienaventuranza», de P. Thierry de Roucy.

© 2011, Natalia Satsyk

Cada año, las fiestas del 14 y 15 de septiembre, fiestas de la Exaltación de la Cruz y de nuestra Señora de la Compasión, nos hacen retornar brutalmente al Gólgota.

Allí, sobre esa pequeña colina de Jerusalén, un sentimiento extraño nos invade. Allí estamos colocados delante de una masa de amor y de muerte, de pecados y de esperanza. Delante de los montículos de madejas de lanas rojas, oro, grises, verdes, violetas, todo entremezclado. Un lugar de confusión. Un lugar de paradojas. Un lugar tan extranjero para nosotros, que quisiéramos huir de él. Un lugar tan familiar que no se sabe cómo desarraigarnos de él. Contemplamos el sufrimiento de un Cristo que grita hacia su Padre, de una Madre que tiene el corazón atravesado de lanzas. Es El y es Ella quienes, en primer lugar, sufren. Pero luego somos nosotros que sufrimos. Es cada uno de nosotros y el mundo entero. Siempre más. De tal manera que, poco a poco, el Gólgota se transforma en Everest. A lo largo de los años se agregan, en efecto, el nacimiento de millones de hombres que, día tras día, deberán experimentar sufrimiento tras sufrimiento. La muerte de millones de hombres en medio de los gritos de su agonía y los llantos de aquellos a quienes dejan. El sufrimiento de países liberados al precio de sufrimientos aún mayores. Las angustias de los enfermos, de los adolescentes, de los ancianos aliviados al precio de otros sufrimientos. Y todo este lote de guerras, de terremotos, de dolores secretos… Es pesado, infinitamente pesado… ¿Era necesario tanto para completar a la Cruz del Cristo para su Cuerpo que es la Iglesia?

Se puede contar, buscar explicaciones, inventar teorías. Se puede también simplemente instalarse en la cólera, rebelarse, o incluso destruirse. Pero, ¿para qué? No basta más bien con entrar en el porqué paradójico y confiado del Hombre y en el silencio venerable de la Mujer en el que ya están contenidos el porqué y los silencios de todo ser humano. Ciertamente, estas llamadas van seguidas de un inmenso hiato. Ninguna respuesta. Ningún alivio. Un pozo sin fondo. Una tragedia sin fin. Una travesía sin faro. Absurdidad. Pero, cuando la desolación alcanza su paroxismo, surge un relámpago más brillante y más misterioso que toda luz. Una respuesta que se ofrece como la única palabra del amor: la resurrección. Lo que nos parece hoy tan lejano, tan increíble, tan inesperado ha abierto bruscamente un camino en nuestro interior. Somos los mismos y, a la vez, somos otro. Sin preguntas. Sin silencio. Perfectamente presentes. Adoradores.

Es en nuestra paciencia enamorada que debe vivirse hoy este hiato entre el porqué del abandono y la locura de la resurrección, es en esta esperanza que se consolida cuando la pobreza y la violencia nos desgarran, cuando nos abrazan la angustia y las lágrimas, que poco a poco nuestro corazón se dispone a recibir la totalidad del infinito para el cual él esta hecho. La bienaventuranza que sin demora vendrá, como un ladrón.

P. Thierry de Roucy

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