• 6 de junio de 2016
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Cristo se ha hecho nuestro pan y nuestro vino

Medi­ta­ción sobre el pan y el vino en la Euca­ris­tía de Romano Guar­dini.

¡Comer su carne! ¡Beber su sangre! ¡Co­merlo, reci­bir en noso­tros al Dios Viviente, hecho hombre con todo lo que El es, con todo lo que El tiene!... ¿No sobre­pasa esta rea­li­dad a cuánto pueda ima­gi­nar nues­tra pobre natu­ra­leza? Pero -por otra parte- todo eso ¿no res­ponde per­fec­ta­mente a nues­tros más ínti­mos deseos? ¡Qué mara­vi­llo­sa­mente se pres­tan el pan y el vino para sim­bo­li­zar este mis­te­rio!
El pan es un ali­mento; autén­tico, porque nutre en verdad. Ali­mento sólido y subs­tan­cioso que no nos harta jamás. El pan es veraz. El pan es «bueno» en el sen­tido más pro­fundo de la pala­bra. Pues bien: Dios tomará sus apa­rien­cias, se reves­tirá con ellas y se hará el ali­mento vivo de los hom­bres. «Los cris­tia­nos par­ti­mos un pan -escribe San Igna­cio de Antio­q­uia a los fieles de Éfeso- un pan que es prenda de inmor­ta­li­dad.» Es un ali­mento que nutre todo nues­tro ser con la subs­tan­cia del Dios Viviente y hace que noso­tros este­mos en El y El en noso­tros.
El vino es una bebida. Pero, a decir verdad, esta bebida no se limita a calmar nues­tra sed: bas­ta­ría para ello el agua. El vino tiene otra fun­ción más noble. «Rego­cija el cora­zón del hombre» -nos dice la Escri­tura-. Hace algo más que apagar la sed: el vino engen­dra la ale­gría. Es ple­ni­tud. Es signo de supera­bun­dan­cia. «Cuán pre­claro es el cáliz que me embriaga» -dice el sal­mista-.
¿Com­pren­des ahora esta imagen y todo el mis­te­rio que encie­rra? Porque la embria­guez expresa aquí algo más que exceso en la bebida. El vino es belleza res­plan­de­ciente, es aroma y es fuerza, que todo lo engran­dece y todo lo trans­fi­gura.
Pues bien: Cristo toma sus apa­rien­cias her­mo­sas, se esconde bajo ellas, para rega­lar­nos su sangre divina. Pero no nos la entrega como una bebida sim­ple­mente hon­rada y racio­nal; nos la da como un exceso de la deli­ca­deza divina.
«¡San­guis Christi iné­bria me!» - Sangre de Cristo, embriá­game, rezaba San Igna­cio de Loyola, el caba­llero del cora­zón ardiente-, y Santa Inés habla de la Sangre de Jesús, como de un mis­te­rio de amor y de belleza ine­fa­ble: «Miel y leche he sor­bido en su boca, -dice el oficio de la fiesta- y su sangre, al teñir mis meji­llas, las ha hecho amable.»
De esta manera mara­vi­llosa Cristo se ha hecho nues­tro pan y nues­tro vino. Se ha tro­cado en nues­tra comida y bebida. Pode­mos, enton­ces, comerlo y beberlo. El pan es la fide­li­dad y la fir­meza cons­tante. El vino es el arrojo, la auda­cia, la ale­gría. Es aroma y belleza. Es anchura de cora­zón y gene­ro­si­dad sin lími­tes. Es embria­guez de vivir; de poseer, de dar...


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