• 7 de agosto de 2017
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Con Cristo nada está muerto, ¡todo vive!

Extracto de la carta de Cécile en misión a Brooklyn, en Estados Unidos.

«Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. (…) Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región».Mt 9, 18-19, 23-26

Para Cristo, nada está muerto para siempre, nada está definitivamente perdido. Como Maestro soberano, tiene el poder de integrar nuevamente, mismo un difunto, a Su vida, a la vida eterna.
Nada está muerto para Divina, esta amiga que vive en la calle, que toca a nuestra puerta a cada hora, cuando no se refugia por una o dos noches en un hospital o en un edificio. Nada está muerto, mismo si estamos cansados de no saber cómo ayudarla (todas las tentativas para encontrarle un alojamiento y los cuidados que necesita fueron un fracaso en estos 6 años en que la conocemos: ella sufre de esquizofrenia). Nada está muerto porque es capaz de ayudarnos 10 minutos a lavar las verduras y reír a carcajadas. Nada está muerto porque ella tiene la lucidez de gritar pidiendo ayuda, a veces llorando… Nada está muerto porque ella nos provoca a intentar siempre de comprenderla, a no creer que la amistad de contenta de soluciones ya hechas. Nada está muerto y todo dormita… esperando la liberación eterna.

<span class="caps">JPEG</span> - 56 KB Nada está muerto en nuestra amistad con Pat, que después de varios años en New York, en los miserables shelter (abrigos para gente de la calle), maltratada por sus compañeras, llevada en los hospitales, sin entender lo que le pasaba, acaba de volver a Trinidad su lugar de nacimiento. Durante la cena de despedida que le hicimos en casa, era difícil mirarla pues se le caían las lágrimas. Pero al mismo tiempo ella estaba « radiante » a causa de la amistad con nosotros, esta amistad que le permitió sobrevivir en esta ciudad tan salvaje. No la veremos más a nuestra Pat, pero sabemos que todo lo que hemos vivido con ella quedará intacto cuando la encontraremos de nuevo para la gran amistad en la vida eterna.
Nada está muerto en cada uno de nosotros.


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