• 10 de septiembre de 2015
es

Colaborar con la misericordia de Dios

El Salvador, 2015

De P. Simón, sacer­dote misio­nero polaco en El Sal­va­dor:

Mien­tras que la Igle­sia se pre­para a cele­brar el Año de la Mise­ri­cor­dia, pro­puesto por
el papa Fran­cisco, en nues­tra comu­ni­dad de manera par­ti­cu­lar­mente intensa, medi­ta­mos sobre
«el atri­buto más grande de Dios». Esto es toda­vía más fuerte para mí que me estoy des­pi­diendo
luego de dos años de misión con Puntos Cora­zón. Desde el prin­ci­pio, me di cuenta que ante
todo, había que pro­cla­mar a Dios Mise­ri­cor­dioso. Fue una ale­gría y una gracia pro­cla­mar aquí,
en nues­tra colo­nia, que Dios es mise­ri­cor­dioso. Decir a la gente que Él nunca los aban­do­nará,
que es fiel a sus pro­me­sas, que los quiere mucho.
Doy gra­cias a Dios que me per­mi­tió par­ti­ci­par de cerca en el mis­te­rio de su mise­ri­cor­dia por el
ser­vi­cio en el con­fe­sio­na­rio. Dios entró en el océano de la mise­ria del hombre, en su pecado, en
su sufri­miento ¡El entró con tanta humil­dad, con tanta per­se­ve­ran­cia!
Doy gra­cias a Dios por todo lo que quiso hacer a través de mí en las visi­tas a los enfer­mos de
nues­tra parro­quia (…), basta con poco para que se sien­tan mejor, para que sean recon­for­ta­dos,
con­so­la­dos. Doy gra­cias a Dios por las per­so­nas que pudie­ron irse en paz, con los sacra­men­tos
reci­bi­dos en la última hora de sus vidas.
Doy gra­cias a Dios por la mise­ri­cor­dia que mani­festó a los niños de nues­tra colo­nia. Fui tes­tigo
de este gran deseo de mise­ri­cor­dia, de ser amados, que los niños
expre­san al correr a nues­tro encuen­tro y abra­zar­nos. Dios no puede ser
indi­fe­rente a este grito par­ti­cu­lar de los niños, no puede dejar de
res­pon­der­les, de mani­fes­tar­les que Él es su Padre.

Final­mente, doy gra­cias al Dios por haberme enviado a El Sal­va­dor a
vivir esta misión única, este desa­fío de cola­bo­rar con Su Mise­ri­cor­dia.
Soy igual que todos ellos; junto a ellos, yo mismo pude expe­ri­men­tar la
mise­ri­cor­dia infi­nita del Dios: en la comu­ni­dad, en la parro­quia, en las
per­so­nas encon­tra­das en la calle. Pude ver cómo el amor nos hace
fuer­tes y da sen­tido a lo que hace­mos. Dios quiso que por esta misión,
yo apren­diera a amar según Su Cora­zón y a sen­tirme amado por Él.


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