• 12 de mayo de 2016
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Chile: Acompañar hasta la morada del Padre

Sra María, Valparaíso, abril 2016

Extracto de la carta de Daiana, de Nogoyá (Entre Rios) de misión en el Punto Cora­zón de Chile:

Decido dejarme tocar por Sra. María, por su vida, su Fe y sobre todo por la paz que trajó a mi cora­zón.
Sra. María estaba ya hacía varios meses en cama, muriendo poco a poco por un cáncer que hace unos días la dejó partir. Vivía con su hija que junto a su her­mano la cui­da­ron y vela­ron hasta sus últi­mos momen­tos.

La amis­tad con Sra. María comenzó en diciem­bre y durante todos estos meses hemos podido vivir con ella este pro­ceso de pasar de la tierra a la casa del Padre. La última vez que la visité, fui con un amigo a lle­varle la comu­nión. Ya casi no podía hablar, sus dolo­res eran tan fuer­tes que apenas per­ci­bía que está­ba­mos a su lado. Su hija me había dicho que lle­vaba una semana sin poder comer, y que con mucho esfuerzo podía tomar agua. Tome sus manos, hici­mos una pequeña ora­ción y reci­bió el Cuerpo de Jesús. Si pudiera poner en pala­bras el gran amor con el cual comulgó. Guar­da­mos silen­cio unos minu­tos y nos deja­mos abra­zar por la Paz que ella nos daba.
Me des­pedí de ella con un beso y una her­mosa mirada, diciendo “Gra­cias por dejarme com­par­tir con usted esta comu­nión, la veo pronto”. Sin saber que esa sería la última vez.
Y seguro pen­sa­ran ¿cómo una per­sona muriendo puede darme Paz?, les ase­guro que si hubie­sen visto el her­moso rostro de Sra. María, su mirada, si hubie­sen escu­chado cada pala­bra que salía de su boca, con cuanta Fe se con­fiaba a Dios, y como entre­gaba en cada decena del Rosa­rio su dolor y su Fami­lia. Sin duda tam­bién les rega­la­ría a uste­des un poquito de su Paz.

Muchas veces me pre­gunté ¿qué podía­mos hacer por Sra. María? Pero no se tra­taba de hacer algo por ella, sino de Ser. De Ser como María al pie de la Cruz, que vio morir a su hijo pero aun así con todo el dolor de su cora­zón estaba ahí para él. Así fue como inten­ta­mos acom­pa­ñar a Sra. María y muchas veces cuando la Cruz era dema­siado dolo­rosa, tanto para ella como para noso­tros, su son­risa y su con­fianza en Dios nos daba la for­ta­leza para seguir hasta el final.


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