• 14 de noviembre de 2012
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«Calcuta o la sed de Dios»

© Puntos Corazón

Testimonio de Joseph G.*, uno de nuestros voluntarios, durante su experiencia en los dispensarios de las Misioneras de la Caridad, en Calcuta:

Durante mi estadía en la “Ciudad de la Alegría”, estaba arrodillado delante de la tumba de la Beata Madre Teresa de Calcuta. Me gustaba rezar en su compañía, con otros voluntarios, antes de llegar a uno de los dispensarios donde trabajábamos.
Pero, cada mañana sentía la misma confusión: el sentimiento de inutilidad, de impotencia al mirar su vida. ¿Consagrar mis pies desnudos y mis manos frágiles a la miseria humana? ¡Fuera de alcance! Peor todavía, ni siquiera podía pedir a Dios que me diera la fuerza, sin temer que lo haga de verdad. Entonces rezaba para que al menos me abriera los ojos sobre mi debilidad y ese orgullo que me dejaba paralizado. Pedir que a la escuela de los pobres, sepa olvidarme por ellos y crecer un poco a su lado. Eso sí, podía hacer. Cada mañana, la Madre se iba en su sari blanco con ribete azul, a llevar mi pobre oración ante el Padre.

No vamos a Calcuta para salvar al mundo. Sino para salvarse a sí mismo. Si le describiese esas sesiones de masaje en un joven a los miembros amputados, cerrado en sí mismo y con ojos sin alegría, ¿entenderían que era mi alma la que parecía ser masajeada por manos expertas? Si les contara mis esfuerzos para dar de comer con la cuchara a un anciano postrado en su cama, viviendo sus últimas horas, ¿conseguiría explicarles que era más bien yo quien estaba siendo nutrido? ¿Cómo decir que crecemos con las tareas más sencillas ofrecidas a los hombres más pobres, bañar y barrer, lavar los platos o la ropa cotidiana?… Es la lección más grande de Madre Teresa: el descubrimiento de la alegría del servicio, al mismo tiempo que la de Dios que aprovecha la ocasión para amarnos.

Hay una cruz colgada en la capilla de la casa madre de las Misioneras de la Caridad. A su lado izquierdo está escrito la súplica de Cristo en agonía: “I Thirst!”. “Tengo sed”. Esta sed no es de agua sino de un abandono enamorado, de sacrificio también. De espíritu quebrantado. Madre Teresa veía el “deseo divino infinito de amar y de ser amado”: “Hasta que no escuchen a Jesús en el silencio de su corazón, no podrán escucharlo decir “tengo sed” en el corazón de los pobres. El los extraña cuando no se acercan a él. ¡Tiene sed de ustedes!” Del otro lado del crucifijo está escrito la respuesta ofrecida por las hermanas: “yo sacio su sed”.
No vamos a Calcuta para salvar al mundo sino para arrodillarnos al pie de la cruz. El mejor lugar para contemplar el corazón de la humanidad. Humildemente, en la medida de nuestros ojos imperfectos, hasta ver a Dios sediento en ese joven amputado o ese anciano al umbral de la muerte - “Cristo en un disfraz desolador”. Y darle de beber.

*Publicado en el blog francés Terre de Compassion


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