• 27 de mayo de 2013
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Buenos Aires: «Parece como si estuviera rezando»

Emily con los niños del barrio- Buenos Aires, 2013

de Emily A.

El otro día, hermana Milagros y yo, fuimos a visitar a un amigo muy especial. Mario es un niño de diez años de edad que tiene problemas de comportamiento. Debido a su hiperactividad y su tendencia a la violencia no tiene amigos.
Antes él venía de vez en cuando para jugar en nuestra casa por la tarde, pero debido a la crueldad de algunos de los otros niños dejó de hacerlo. Él casi dejó de salir de su casa excepto para ir a la escuela. Y la escuela para él es una pesadilla. Así que para escapar de su realidad pasa su tiempo en los jueguitos de la computadora, y eso es todo lo que hace todo el día.
Su madre se contenta con esto porque al menos no está en la calle donde los chicos más grandes se aprovechan de él.

Así que fuimos a visitar a Mario en su soledad frente a la computadora. Pasamos unos buenos diez minutos tratando de persuadirlo de dejarla, pero él estaba muy concentrado en su mundo virtual. Después de un rato me acerqué a él para hablar un poco. Y, siendo un niño de diez años de edad, se olvidó de ofrecerme una silla. Así que me arrodillé en el suelo, a su lado, mientras él me mostraba los innumerables juegos que más le gustan.
Después de un tiempo su hermana mayor pasó y dijo: «Mario ve a traerle una silla. Parece como si estuviera rezando.» Le sonreí y le aseguré que estaba bien, que no tenía que preocuparse.

Después de esta visita, no pude dejar de pensar en lo que dijo su hermana: «Parece como si estuviera rezando.» Me di cuenta que había de hecho rezado. Muy a menudo olvidamos que el estar con alguien, mostrar amor y compasión, puede ser una de las oraciones más fuertes y hermosas que podemos ofrecer a Dios.
En el mundo de hoy hemos reducido la oración a palabras repetidas mecánicamente a un dios impersonal. La oración se asemeja así a un pobre esqueleto. Tiene la forma de la existencia y constituye una parte muy importante de la totalidad del cuerpo, pero en sí mismo nos repele. Carece de la sangre, la carne, el alma, el corazón de la vida. La oración tradicional es hermosa y es de hecho muy importante para una vida espiritual sana (¿se imaginan un cuerpo sin esqueleto?). Y sin ella no hay unidad, no podemos lograr nada, no progresamo
Pero tenemos que aprender a dar vida a nuestra fe, a nuestra oración, para vivir realmente lo que creemos, para ofrecer a Dios no sólo nuestras palabras, sino nuestras obras, y no sólo nuestras obras sino cada segundo de nuestras vidas. Tan a menudo olvidamos que Dios no está lejos, él está junto a nosotros y nos quiere amar personalmente y ser amado por nosotros.
Y una manera en la que puedo realmente amarle es estando con los demás: puedo abrazarlo abrazando al otro, reír con El riendo con el otro, llorar con Él llorando con el otro. Porque cuando amas a alguien, no te basta con decir “te amo” hay que vivirlo con cada fibra de su ser, cada segundo de cada día, en lo difícil y en lo bello, en lo grande y en lo pequeño. Tenemos que pedir a Dios la gracia de amarlo de esta manera.


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