• 21 de noviembre de 2013
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Buenos Aires: ¡Esther tenía una sed inmensa!

Alexiana y Candelaria

de Ale­xiana, misio­nera en el Punto Cora­zón de Villa Jardín

Días atrás empe­za­mos a visi­tar nuevos pabe­llo­nes, de adul­tos, en el hos­pi­tal Muñiz. El cape­llán nos llevó hasta la sala y se retiró. Está­ba­mos con Ade­lina frente a unas 15 muje­res en estado ter­mi­nal, algu­nas dur­miendo, otras sin querer siquiera mirar.
Al prin­ci­pio fue un poco difí­cil. ¿Cómo empe­zar? Me enco­mendé a Dios, me acer­qué, tomé un ban­quito y me senté con ella, Esther. Empe­za­mos a hablar y me dijo que no se acor­daba cuanto hace que estaba ahí, que estaba muy can­sada y no tenía más fuer­zas. Su enfer­me­dad está muy avan­zada.

Char­la­mos un momento pero no estaba muy ani­mada; des­pués de un silen­cio y con su mirada fija en mis ojos me dijo: “¿Qué tenes para decirme que me dé ánimo? Sos vos que viniste a verme y hasta ahora hablé más yo que vos”. Quedé en silen­cio un momento, tomé su mano, la miré a los ojos, recé en mi inte­rior y me dije: “Dios mío, ayú­dame, hacéte pre­sente…”.
Así empecé a hablar de manera muy sen­ci­lla lo que me dictó el cora­zón: del amor, de Dios por cada uno en par­ti­cu­lar y espe­cial­mente de nues­tra Mamá que tanto nos ama e inter­cede por noso­tros. Pude ver cómo poco a poco sus ojos, que antes esta­ban tur­ba­dos de dolor, angus­tia, sole­dad, ¡fue­ron ilu­mi­nán­dose len­ta­mente y una pequeña son­risa empe­zaba a vis­lum­brarse! Des­pués de esto abrió su cora­zón, habló todo, me contó de su vida con total humil­dad y con­fianza como si nos cono­cié­ra­mos de años. ¡Es la Gra­tui­dad de la amis­tad en Cristo! Fue así que estu­vi­mos más de 2 horas hablando.

Fue una expe­rien­cia her­mosa y muy fuerte. ¡Esther tenía una sed inmensa! De ser mirada, escu­chada, amada, valo­rada, res­pe­tada. Era como el cuerpo ago­ni­zante del mismo Cristo que en la cruz grita: ¡tengo sed! El dolor pro­fundo de nues­tra Madre al pie de la cruz. Esther tenía sed, pude sen­tirlo y darme cuenta que Dios me quería ahí, de manera muy sen­ci­lla, sin hablar mucho, pero bas­taba la sola pre­sen­cia a su cora­zón.
Lle­gada la hora de irme, pro­puse una ora­ción y me dijo que hace tiempo dejó de rezarle a María, había per­dido el sen­tido de su pre­sen­cia, pero quería volver a hacerlo. Me emo­cioné hasta las lágri­mas, con una son­risa que salía detrás del bar­bijo, tomé su mano y reza­mos juntas. No me dejaba ir. Nos abra­za­mos, le agra­decí mucho el momento com­par­tido y ella tam­bién, estaba feliz, era otro el rostro que veía, era real­mente Esther.

Es una Gracia enorme lo que vivo, cada regalo, cada Maes­tro que pone en mi camino, a cada momento. Dios grande, lleno de Mise­ri­cor­dia y Amor que no deja de mara­vi­llarme hacién­dose pre­sente a todo momento, en cada encuen­tro.


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