• 2 de octubre de 2015
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Brasil: El grito del alma

Salvador de Bahia septiembre 2015

Extrac­tos de la carta de Vir­gi­nia D., desde Brasil.

“Quizá la vida es una ola de sor­pre­sas, una ola más alta que la muerte.
No ten­gáis miedo jamás."

Karol Wojtyla (Juan Pablo II) de la Poesía El canto del Dios escon­dido

El miér­co­les vol­viendo de hacer visi­tas encon­tra­mos a L en la calle, bebiendo otra vez. “L” es un gran amigo que tiene 50 años y prác­ti­ca­mente durante mucho años, o casi toda su vida, lucha para dejar el alcohol. Sin embargo, no es la única lucha que reco­mienza cada día, sino tam­bién, la de la sole­dad, y la de una enfer­me­dad que toda­vía no se sabe qué es, pero que podría llegar a ser cáncer.

Aquel día cuando lo encon­tra­mos, en el mismo ins­tante en que nos vio, tiró a un des­cam­pado un vaso en el que tenía cer­veza o “ca­chaça”. Fin­gi­mos que no vimos nada, y sólo bastó pre­gun­tarle qué estaba haciendo para que se que­brara en llanto. Enton­ces lo invi­ta­mos a casa. Pre­paré café y comenzó la charla, habla­mos a cora­zón abierto, como se dice por ahí.
Entendí que su lucha, su sufri­miento, su dolor comenzó muchos años atrás, cuando su mujer lo dejó por otro hombre, sin aviso previo, lle­ván­dose todo, incluso su ale­gría.

Aquel día me di cuenta que las lágri­mas de L esta­ban llenas de sen­tido, y de golpe pensé en cada uno de los borra­chos que conozco, que pasan todo el día en la calle desde las 5 am y me pre­gunto: ¿cuá­les serán sus cruces?
Des­pués de aque­lla con­ver­sa­ción L me pidió que can­tara, así que no me hice rogar mucho y busqué la gui­ta­rra; el tocaba el pan­dero. Todo fue per­fecto, can­ta­mos y reímos tanto y en un momento me pre­gunta: “¿Cómo puede ser que hace un rato estaba triste y ahora can­tando estoy feliz?” La verdad es que no halla­mos una res­puesta, pero a cambio de eso dimos gra­cias a Dios por su vida rezando vís­pe­ras y com­par­tiendo la cena.

Me sor­prende como Dios nos da gra­cias a cada momento, por ejem­plo per­ci­bir lo bello en donde apa­ren­te­mente no está, es una gracia de Dios, no existe otra expli­ca­ción.


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