• 23 de julio de 2009
es

Concierto único a beneficio de Puntos Corazón

Desde la fun­da­ción de Puntos Cora­zón nues­tro fun­da­dor el P. Thie­rry de Roucy nos enseñó a dejar­nos guiar por el Espí­ritu Santo para acer­car­nos a los que más sufren, a los más solos, a los más vul­ne­ra­bles, a las per­so­nas que nece­si­tan en este momento una pre­sen­cia gra­tuita que les per­mita dar un paso más en la vida, levan­tarse, decir sí a la rea­li­dad que les toca. Apren­di­mos a mirar más allá de lo visi­ble, de lo que nos choca, de nues­tra pri­mera reac­ción… Apren­di­mos a mirar más hondo para res­ca­tar y reve­lar la belleza, la luz divina pre­sente en cada hombre.

En esta bús­queda de lo más pro­fundo, de lo más autén­tico, de lo divino en lo humano, des­cu­bri­mos que los artis­tas tienen mucho que ense­ñar­nos. El arte surge del cora­zón del artista y plasma la belleza en un movi­miento único, siem­pre más en con­for­mi­dad con la sed de verdad que lo habita. La obra de arte es así expre­sión de esta inquie­tud, en un siem­pre más…

Lo que nos marcó mucho en nues­tros últi­mos encuen­tros con Fran­cisco Manuele –que está desde hace ahora nueve meses en una hogar– es su con­ti­nua bús­queda de esta con­for­mi­dad con su cora­zón y su capa­ci­dad de reve­lar lo bello, lo grande, de asom­brarse de las per­so­nas mayo­res con las que com­parte hoy su vida coti­diana.

Esta bús­queda del cora­zón del otro por la amis­tad, parece ser en él muy unida a su bús­queda artís­tica. Hoy, más que por el piano, su crea­ti­vi­dad se expresa por los gestos más sen­ci­llos de la vida coti­diana, por una acti­tud que enciende luces y trans­forma la rea­li­dad.

Que­re­mos que este con­cierto que nos van a brin­dar los renom­bra­dos músi­cos Pía Sebas­tiani y Rafael Gin­toli, sea a bene­fi­cio de todos los que –como los Amigos de los niños- desean reve­lar la belleza. Los invi­ta­mos a des­cu­brir y apoyar nues­tro pequeño Movi­miento. Que­re­mos sus­ci­tar un movi­miento de com­pa­sión, un movi­miento que llene la rea­li­dad de nues­tro mundo de la luz de Dios.


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